Yo, cada vez que estoy con Cristobal, acabo follando.
Menos una vez en que sólo pudimos vernos media hora en el aeropuerto: pasamos veinte minutos preguntándonos si a los que follan en los lavabos de los aeropuertos se los llevan presos por escándalo público o simplemente les aplauden. Los otros diez minutos nos tomamos un café.
Si nuestras citas suelen ser de una tarde o noche cada tres semanas, la frecuencia de mis relaciones sexuales roza lo paupérrimo. Por mucho que intento subir la media a base de echar un mínimo de tres polvos en cada una de esas citas.
Así a vista de pájaro, diría que mi media se sitúa en una vez por semana: desconsolador.
Si dicen que el sexo es bueno para el corazón, las arterias, la mente, la piel, la autoestima y algunos cientos de efectos secundarios más, a mí llegó a preocuparme alcanzar la vejez antes de tiempo debido a mi escasa producción de endorfinas orgásmicas.
Buenos, maticemos.
El otro día leía a alguien hablar de la egosexualidad (hermosa forma de decir “hacerse pajas”).

Asumo que todos lo hacemos con más o menos fortuna/placer/frecuencia y que ya no nos aterran los sentimientos de culpa que nos inculcaron a algunos de mi generación (“quita, guarra, eso no se hace”).
Así que ¡Vaaalee!, no tengo un único orgasmo por semana de media... digamos que a base de practicar sexo con quien más me conoce, la media aumenta un poquitín (no mucho, tampoco soy una adolescente compulsiva).
Pensando en ello, recuerdo las innumerables veces que Luís y yo nos damos un revolcón vía webcam. Es ya casi un hábito vernos todos los viernes por la noche (o los sábados en su defecto) para proferirnos cursiladas románticas y marranadas a partes iguales.
No es lo mismo, pero sirve como apaño.
Y al final, todo este rollo de frecuencias y cifras... ¿para qué?
Ayer hablaba con mi amiga Clara. Según ella su matrimonio está pasando su mejor momento: han recuperado el deseo, la ilusión y ahora follan como veinteañeros.
–¡Qué suerte! – le digo con total sinceridad–. ¡Lo que daría yo por poder follar a diario con alguien a quien amo!
–¿A diario? ¿Tú estás loca?
–Bueno, quitando el típico día de mal rollo o el de cansancio insoportable...
–Pero... ¿tú de dónde sales, pedazo de “salida”?
–Anda, Clara, hazte la mojigata ahora...
–Mira, cuando estás casado o emparejado ya ni le echas la culpa a la rutina. Simplemente te apetece menos. Lo habitual es una vez al mes... y ahora que estamos de subidón, pues cada quince días.
Pues ahora estoy preocupada pero de diferente forma.
Porque yo estuve casada siete años y éramos de tres o cuatro veces por semana.
¿Va a tener razón mi amiga Clara y soy una “salida”?
¿O es que las parejas no se han dado cuenta que follar es mucho más divertido que ir al cine, ver la tele o jugar a la Play?
Foto: Cortesía & © by Gary M Photo