Hace frío ya por las noches, y enciendo la chimenea de mi piso para recibirte caliente.
No es que me haga falta mucho, ya lo sabes... pero no quiero que falte nada.
Cuando alquilé esta casa, hace ya algunos años, no sabía que terminaría siendo casi tan tuya como mía.
A veces, cuando entras por la puerta, siento que te mueves por ella como si llevaras viviendo aquí más tiempo que yo. Y eso me gusta.
Sueles entrar directo a mis brazos, pausado, seguro... y después siempre, siempre vas hacia la cocina.
Nadie cocina como tú.
En todos estos años tú siempre te has encargado de la cena, y me escoges como pinche y amante.
Pero el postre... el postre siempre es cosa mía.
Me gusta mirarte mientras te pones a ello.
Me gusta mirarte comer. me gusta mucho que no hables durante la cena, y solo quieras escucharme.
Me gusta cuando terminas y me miras inquisidor preguntándome dónde tengo el postre...
Y entonces, te digo:
–Aquí:
