Fue en un día de comienzos de primavera en Buenos Aires, cuando recibí su primer correo electrónico, con una presentación seria, formalita y de una cortesía exquisita. Hasta ese primer día de septiembre de 2005, había sido una lectora.
Me manifestó que era afecta a escribir, la invité a ser una colaboradora, y aceptó.
Diez días después, cuando hube publicado el primero de sus relatos, recibí otro correo formalito y muy serio. En esas palabras –no exentas de cortesía–, se presagiaba (al menos eso creí entender), el preludio de un tsunami caribeño, que en mi imaginación debía estar formándose frente a las costas de Venezuela. Y todo por unos retoques estilísticos que yo había hecho a ese primer relato “aquí y allá” y que hoy, después de todo este tiempo, se transformó en una risueña anécdota compartida.
Pero en esas palabras corteses y contenidas –y esto es lo más importante–, también subyacía la verdadera esencia de su personalidad: vehemente, temperamental, impetuosa, sincera, frontal y, lo que es más importante: apasionada.
Fue entonces que le escribí y le di mis razones para esos “retoques”, le expliqué y le expuse mis argumentos y el mismo día, con su correo de respuesta, descubrí las que son las facetas más valiosas de su carácter: la humildad de los grandes, el reconocimiento de los que tienen el corazón puro, la comprensión de los generosos de espíritu y la sensibilidad de quienes se dedican a escribir porque hacen lo que quieren y, más importante aún, quieren lo que hacen.
Mucho tiempo ha pasado desde entonces y esos primeros contactos se transformaron en casi medio millar de correos de ida y otros tantos de vuelta por ambas partes, que fueron forjando una relación que va mucho más allá de la labor, del comentario, de la consulta o la sugerencia. Con el paso del tiempo y en virtud de esas situaciones no siempre explicables que tiene la vida, a la que en su momento llamé consustanciación, ambos y cada uno por su lado y al mismo tiempo, empezamos a construir los cimientos de lo que hoy es genuina amistad.
Así fui conociendo a la profesional primero, a la mujer después y a la amiga de hoy.
Pasional, irreverente, divertida, veraz, ocurrente, solidaria, incansable, aventurera, cortés, comprensiva, genuina, discreta, inquieta, sutil, ecuánime, abierta, romántica, leal, fogosa, culta, oportuna, osada, fresca, valiente, sagaz, inteligente, flexible, impetuosa, mundana, confiada, respetuosa, cariñosa, gentil y emotiva, por enumerar algunos aspectos de su valiosa personalidad.
Capaz de recorrer medio mundo detrás del hombre que ama y de no dormir durante cuatro días y sus noches por cumplir con su vocación de madre o su responsabilidad con el compromiso laboral adquirido. Abierta y expectante a todas las posibilidades que la vida nos regala y generosa con lo que tiene y puede. Dispuesta a escuchar, de echar una mano y de cambiar si de crecer se trata, tanto como persona cuanto en lo profesional. Eficiente traductora de dos idiomas (además del castellano), lectora voraz, devota de la buena mesa, enamorada de las playas de su isla Margarita y –cada vez que puede–, aficionada al champagne, cuando más bueno mejor.
Puedo decir muchas cosas más de esta mujer a la que nunca he tenido frente a frente, pero a quien aprendí a conocer en sus actitudes más genuinas, sus sentimientos más puros y su inagotable capacidad de amar.
Y aunque el lunes es el día que publica sus exquisitos relatos eróticos, por decisión mía hoy no...

Yo que no suelo escribir mucho aquí, quise tener el privilegio de contarles cómo es la compañera de trabajo, la mujer, la madre y la amiga. Porque hoy, compañeros, amigos y lectores, es el cumpleaños de mi amiga Anamar.
Vaya entonces para ella, de todos los que hacemos este espacio diario esta rosa y nuestro reconocimiento, nuestro cariño y nuestro deseo de felicidad: Cent Anni!
El Director