Maileaba con un lector acerca de las relaciones de amantes que él (y no yo) diferenciaba, al menos conceptualmente, de las relaciones de pareja.
Lo cierto es que ahora mismo a mí me cuesta horrores hacer tal diferenciación porque no conozco desde hace años más parejas que mis amantes o más amantes que mis parejas y no he sido capaz de añadir al “amante” la obligación, el compromiso y la fidelidad, pero es que tampoco he sido capaz de hacerlo con el “novio.”
Creo que este rechazo casi obsesivo al compromiso me viene de lejos, y no, no hay coraza de por medio. Justificación más que recurrente por la mayoría de los aprendices a psicólogos de este planeta.

“Amanda, a ti lo que te pasa es que tienes una coraza” (“una coraza de tetas gordas y tops de lycra”, no te jode) si no que hay algo mucho más pragmático y más simple: es que a mí lo del compromiso, no me gustó.
Pero no hablo del compromiso de llamar a mi pareja todos los días o quedar con ella para ir al cine me apetezca o no los domingos, ni siquiera la de comer paella con su familia, si no del compromiso de ser “la novia de” el noventa por ciento de mi tiempo en lugar de ser “Amanda a secas.”
Bueno, en realidad ahora soy “la mamá de Lili” ese noventa por ciento pero eso me gusta más.
Me disperso: quede claro que no me gusta el compromiso por si alguien lo dudaba, ni las obligaciones que no sean maternales o laborales y que la fidelidad me parece una solemne gilipollez. Si tu cuerpo te pide sexo con alguien, reprimirse por un deber moral es perderse un buen rato, ahí queda eso.
Pero es que además, las relaciones de amantes son mucho más estables que las de pareja… a menos, como decía a mi compi de mails, que la amante pida al casado que deje de estar casado: no no y no. Esa es la única exigencia que lleva al fracaso absoluto de la relación.
En cambio la pareja… el ansia de volver a conquistar, agradar, apasionarse y enamorarse prevalece en muchos casos sobre el deseo del pisito hipotecado, el ir acompañado a las bodas o el meter el “mi” en todas las conversaciones con las cotillas de la oficina: “mi marido”, “mi novio”, “mi chico”, “mi churri” (¡Ays! ¡Qué horterillas sois los de “churri”, casi tanto como los de “mi cari”!)
Y ¿a qué viene todo esto? A que estaba pensando en cuando hablaba con Cristóbal de “fechas de caducidad” y él me abrazaba fuertemente a su pecho y yo pensaba “ahora me va a soltar una cursilería preciosa del tipo te quiero tanto que lo nuestro nunca se acabará” pero entonces me decía muy serio: “las cosas duran mientras dure dura.”
Y yo me apliqué el cuento de ponérsela dura todos los días durante tres años, y no, no siempre utilicé el sexo, a veces lo hice con el seso, porque las relaciones, amantes, infieles, leales o convencionales, no son más que erecciones sostenidas que todos/as habríamos de saber mantener.
Y desde luego lo único que no utilicé para quererle, amarle, desearle y entregarme a él como lo hice fue una coraza, aunque lo de las tetas gordas ayudó bastante.