Después de los roces y a continuación de las caricias; cuando mis manos te han recorrido por completo, cuando ya te has abandonado a las sensaciones y se te ha erizado la piel y mis dedos se han detenido para deleitarse en la blanda redondez de tus senos de mujer, llega el momento de saborearte.
Ya le he dado satisfacción al tacto. Ahora ha llegado el interludio dedicado al sentido del gusto.
¿Sabes? Tu piel tiene un aroma tan especial que perdura en el paladar, como sucede con los buenos vinos y los más exquisitos manjares.
Recorrer tu cuerpo con los labios es la exaltación del sabor, el disfrute pleno de toda la boca.

Apenas un momento antes gocé con sólo mirar tus pechos plenos, firmes y generosos. De la misma forma que disfruté deslizando la parte más sensible de los dedos por esa tierna firmeza, me dispongo a paladearte.
Degustarte es, cada vez, una sorpresa renovada. El antojo de recorrer con los labios y la lengua toda la tersa y esbelta superficie de tus pechos me provoca la más sublime complacencia.
Detenerme con toda la boca, para embelesarme con la piel y paladear la textura de esas fresas sensitivas que son tus pezones, es dilatar el momento que estás esperando: cuando me decido a seguir mi derrotero hacia abajo; allí, donde espera ese cuenco de tu cuerpo, rebosante de las mieles más exquisitas que demandan ser bebidas.
Foto: Cortesía & © by Dominique Lefort