A ti, que no sólo sabes de números,
también haces magia con las letras.
–Quiero escribirte algo en el cuerpo para que siempre me lleves contigo– me susurra al oído, acariciando mi cabello–, donde quiera que vayas, hagas lo que hagas, en todo momento, a cada instante. Algo que te permita recordarme, desearme, amarme todavía más.
–¿Un tatuaje con tu nombre? –pregunto, preocupada porque le tengo tanto miedo a las agujas que ni siquiera me he perforado los lóbulos de las orejas y me da terror la idea de tatuarme.
–No, tranquila –me dice, besándome en los labios–. Se trata de algo que te dejará una marca más profunda e imborrable que la de cualquier tatuaje.
–Pero, ¿de qué hablas? –vuelvo a preguntar, intrigada.
–Presta atención, mucha atención. Lee mis labios –murmura, a medida que va descendiendo, dejando diminutos besos húmedos en mis pechos, mi abdomen, la parte interior de mis muslos–. Porque te diré algo, mejor dicho, te escribiré algo. Pero tendré la boca ocupada y no podré repetírtelo.
–¿La boca ocupada…? ¿Cómo? ¿Repetirme qué? –comienzo a preguntar cada vez más confusa, pero me detengo cuando siento sus labios deslizándose lenta y suavemente por mi sexo, y me doy cuenta de la razón por la cual no podrá hablarme.

Cierro los ojos y me concentro en los delicados movimientos de su lengua. Noto que está dibujando corazones. Partiendo desde mi clítoris, descendiendo, subiendo y terminando donde comienza, delinea dos, tres, cuatro. Suspiro y le digo:
–¡Corazones! Estás haciendo corazones.
–Muy bien –me felicita, levantando la cabeza y sonriéndome–. Veamos si puedes adivinar esto.
Tardo unos segundos en entender que está escribiendo letras y unos segundos más en descifrar su mensaje. Primero hace un trazo a lo largo de mi raja, yendo de abajo hacia arriba, y allí lo cruza de izquierda a derecha, justo sobre mi clítoris. Sonrío al reconocer una “T” y se lo anuncio en voz alta. Después va de arriba a abajo y allí hace un trazo más o menos largo, hacia la derecha; sube, y otro aunque más corto; sube un poco y otro más largo.
–¡Una “E”! –digo, lanzando un gemido y rozando su cabello en una caricia tierna–. Una letra muy complicada, mi amor. Tuviste que hacer muchos trazos.
Lo veo levantar la cabeza y sonreír feliz, antes de volver a enterrar la cara entre mis piernas y continuar dibujando de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, a ambos lados de mi clítoris, para cruzarlos por el centro: una “A”. Luego sube, baja, sube y baja, mientras yo no puedo parar de gemir y sorprenderme de la maestría con que ha esbozado una “M”.
Aunque lo que realmente me deja sin aliento son esos círculos que ahora traza una y otra vez alrededor de mi clítoris. De pronto, se detiene justo encima de éste y mariposea allí con su lengua, haciendo que mi respiración se agite y mi cuerpo tiemble de una manera que no puedo controlar. Y así continúa, hasta que entre los estertores del clímax le grito:
–¡Y yo a ti¡ ¡Y yo a ti¡
Entonces me doy cuenta de que tiene razón. Estos corazones y este TE AMO escritos en mi cuerpo son una marca que jamás podré olvidar y mucho menos borrar. Porque han quedado grabados en mí, como si los hubiese hecho con un hierro candente, y me harán recordarlo, desearlo y amarlo todavía más, dondequiera que esté, haga lo que haga, en todo momento y a cada instante.
Foto: “Marty & Verónica”, cortesía & © by Annie Leibowitz