No es sólo el hábito de hacer lo mismo, cada vez que llego a casa, sino el cómo lo hago.
Se trata del rito cotidiano.
Le pago al taxista. Bajo del auto. Cierro la puerta. Es tarde y la calle está vacía en esta noche fría de principio de invierno. Miro hacia la ventana de la planta superior. La luz amortiguada por el voile de las cortinas. No puedo evitar sonreír meneando la cabeza. Sé qué significa esa luz encendida en la casa a oscuras.
Introduzco la llave en la cerradura y abro la puerta sin hacer ruido. Me recibe la calidez acogedora de la casa tibia y a oscuras. Dejo mis cosas en el escritorio y me quito el abrigo, ya no es necesario.
Guardo las llaves en mi bolsillo para que no tintineen. Por alguna razón detestas el tintinear de las llaves sobre el cristal del mueble. Me muevo con sigilo. No enciendo las luces y empiezo a subir la escalera, aflojándome el nudo de la corbata con una mano.
En la otra, la rosa roja que reemplazará a la anterior. Desde un principio, te acostumbré a que en ese florero todos los días hubiera una rosa roja en invierno o un ramo de jazmines en verano.
Hay noches en las que te sorprendo leyendo un libro.
Camino casi en puntas de pie para no hacer ruido con tu rosa en mi mano y la excitación que me ha ganado el cuerpo. Anhelo llegar a la cama, inclinarme hacia ti, besarte y hacer el amor antes de bajar a cenar.
Esta noche es diferente.
Cuando termino de subir las escaleras, te veo. Hoy, me has sorprendido, traviesa.

Allí estás, apoyada en el marco de la puerta, desnuda, medio cuerpo iluminado por la luz de la habitación, con el cabello suelto y ese brillo con chispas doradas de tus ojos verdes.
–¿Qué haces aquí a esta hora, desnuda? –digo, escondiendo la rosa detrás de mí.
Sonríes y cuando me acerco, me tomas por la corbata, me atraes hacia ti y me besas con toda la boca antes de arrastrarme hacia la cama, mientras con la otra mano buscas en mi espalda, tu rosa roja de cada noche.
–Te estoy esperando...
Foto: Cortesía & © by Demetrius González