?¿Usted cabalga? ?me pregunta el vendedor de la tienda de artículos deportivos cuando, durante el recorrido por la sección de equitación, me detengo a admirar fustas, látigos y demás accesorios de cuero que tienen en exhibición.
La pregunta me hace gracia y no puedo más que maravillarme de su curiosidad. Debe ser un nuevo empleado, porque no lo había visto en ninguna de mis anteriores visitas al establecimiento. Volteo la cabeza hacia él para verlo mejor.
Lo miro de arriba a abajo y me doy cuenta de que es un muchacho sumamente atractivo, de cabello negro y ondulado, frente amplia, nariz aquilina, boca de labios carnosos y sonrosados, huesos de la cara bien definidos y un cuerpo que luce musculoso debajo de la ropa.
Entonces me giro por completo hasta quedar de frente a él. Lo veo de nuevo, esta vez de abajo a arriba, detenidamente, con ojos calculadores, como si más que observarlo estuviera evaluando un caballo antes de comprarlo o a un potro salvaje antes de empezar la doma. Y efectivamente eso estoy haciendo. Lo clasifico como ?Soberbio corcel, no es un pura sangre, pero con paciencia, disciplina y un buen adiestramiento promete estupendas cabalgatas?.

Me muevo hacia él, aunque lo hago con deliberada lentitud porque deseo que también tenga oportunidad de admirarme. Humedezco mis labios, asomando apenas la punta de la lengua entre ellos. Sonrío con complicidad.
Enarco una ceja y lo veo a los ojos, deseando que mi mirada le transmita todo lo que estoy pensando y sintiendo mientras me imagino despojándolo de su camisa blanca y sus jeans ceñidos, desnudándome y subiéndome a horcajadas sobre él. Cuando lo noto azorado, respondo:
?Sólo ejemplares de muy buena raza.
Foto: Cortesía & © by Patrick George