el viento es una Señora de
ojos delicados y luminosos (que
se mueve)al anochecer
y que toca las
colinas sin motivo
Postimpresiones, E.E. Cummings
Sí, lame mi cuello.
Lame con calma, sin premura, muy lentamente. Detente donde y cuanto te plazca. No hay apuro, tenemos todo el tiempo para nosotros. Pasa una y otra vez tus labios mojados de saliva hasta empaparlo. Juega con tu lengua allí, justo allí, sobre mi tráquea. Hazme cosquillas. Sácame una sonrisa.
Lame con esmero, sin miramientos, muy cuidadosamente. Presta atención a los cambios que provocas en mí. Escucha cómo se va formando en mi garganta cada suspiro, cada gemido, cada palabra de placer que me arrancas. Nota cómo palpita junto con el resto de mi cuerpo.
Lame con suavidad, sin rudezas, muy delicadamente. Oye el paso del aire por la laringe. Siente el palpitar de mis venas. Observa la agitación de mi respiración. Disfruta del sabor de mi piel. Entiende cómo va cambiando mi olor a medida que me excito.
Lame así como lo estás haciendo.

Pon tus manos alrededor de mi cuello. Sí, hazlo. No temas. Yo te iré indicando la forma de hacerlo. Coloca tus pulgares a cada lado de mi tráquea. Muy bien. ¿Notas cómo de inmediato se tensan mis músculos? ¿Sientes el nudo en mi garganta? Presiona ligeramente, sólo un poco. ¡Quítalas!
No, tranquilo, no me has hecho ningún daño. Claro que es normal que se hayan formado esas marcas rojas allí donde presionaste. Te repito que no me has lastimado. Sí, si así lo deseas puedes lamerlo de nuevo.
Cuando termines, te pediré que comiences a penetrarme mientras vuelves a poner tus manos alrededor de mi cuello, pero esta vez no te diré que presiones sólo ligeramente. Por el contrario, quiero que aprietes cada vez más fuerte aunque con suma lentitud, como si estuvieras estrangulándome.
Entonces ambos sentiremos cómo mi cuerpo se tensa, arqueándose, cimbrado en un ángulo casi imposible. Mi pelvis deseándote, buscándote, consiguiéndote. No podré seguir hablando porque mi garganta estará seca, pero disfrutarás de mi sexo húmedo, vital, palpitante, contraído en torno al tuyo. Mientras más aprietas más se contrae.
Aprietas, contraigo. Me arqueo, empujas. Hasta que explotamos.
Luego, cuando me haya recuperado y tú lamas mi cuello para borrar las nuevas marcas rojas que se hicieron en mi piel, te hablaré de esa maravillosa sensación de dicotomía: del aire que me falta mientras la vitalidad me sobra, de la oscuridad en la que me voy sumergiendo a medida que fogonazos de luz invaden mi cuerpo, de eso que en francés llaman la petit mort pero que a ambos nos hace sentir tan vivos, de ese nudo en la garganta que no sofoca sino que me permite respirar y respirarte profundamente.