La caída del régimen soviético y la posterior apertura de Rusia respecto de Occidente, permitió descubrir que Nicolás I, autócrata y Zar de Todas las Rusias, empleaba a su policía secreta no sólo para encontrar disidentes a su omnímodo poder, sino para custodiar una de sus más preciadas posesiones: una colección de desnudos de pintores famosos, considerada casi como “pornográfica” en su época.
En el siglo XIX un monarca podía hacer casi todo lo que se le antojaba, siempre que cuidara las formas. Porque claro está que una cosa es poder hacer lo que le venga en gana y otra muy distinta permitir que todo el mundo se entere de aquello que uno hace.
Por eso, sólo el Zar podía romper la cobertura de papel que envolvía ciertos paquetes que se recibían en la corte y que no contenían secretos de estado sino que enmascaraban sus vicios privados, puesto que contenían pinturas u objetos eróticos enviados desde Francia.
Esa colección –considerada vergonzante para la época–, estuvo celosamente custodiada por la policía secreta de Nicolás y luego, escondida en los subsuelos del palacio-museo del Hermitage en San Petersburgo (ex Leningrado , y antes San Petersburgo), y que en la actualidad se exhiben en las salas Hermitage de la galería Somerset House de Londres, colección que lleva el sugestivo nombre de: “El triunfo de Eros, arte y seducción del siglo XVIII”.

El muy picarón de Nicolás había hecho acopio de una considerable cantidad de obras de François Boucher, dibujos y pinturas Jean-Honoré Fragonard y, entre los preferidos del Zar, un voluptuoso óleo de Guersant, en el cual dos mujeres y un hombre, en un encuentro, adoptan poses más que osadas para la época.
Muchas de las obras pertenecen al período del Renacimiento, que si bien fue pródigo en desnudos, al menos en teoría estaban vinculados con la mitología del mundo griego y romano o con relatos sagrados de la Biblia y, en tal sentido, idealizados.
Claro que el Zar –como en su momento Felipe II, príncipe heredero del trono de España–, no debió adquirirlos por su idealización con la mitología o las sagradas escrituras, sino por otras razones non sanctas.
Parece ser que Nicolás, como muchos otros miembros la dinastía de los Romanov –desde Catalina La Grande, por lo menos y como suele decir mi hermano–, era algo “fuerte de abajo ”.