Míster Claro dijo que las mujeres tendemos a dar un valor extremo a las palabras, muy por encima de los actos o los hechos: si un hombre te pone los cuernos, te deja cuando le viene en gana, te humilla o te degrada, nada importa si te dice “Te quiero.”
Al final acabarás comentando con tus amigas “Ya, pero es que me quiere.”
Si un hombre se gasta una pasta llevándote a un hotel fantástico, se ríe junto a ti, busca y encuentra la manera de estar a tu lado, complicándose la facilidad de su cotidianeidad por verte, incluso yendo a buscarte a la estación para arrancar unos minutos más a su tiempo contigo, nada importa si no te dice en ningún momento “Te quiero.”
Al final acabarás comentando con tus amigas “Ya, pero es que no me quiere.”

Podría contar paso a paso, detalle a detalle, momento a momento, como me hacía desfallecer de placer en cada caricia perfectamente dada, cada vez que me preguntó si quería que me la metiera más adentro, o si prefería que lo hiciera despacio, como se deleitó con mi sexo para hacerme vibrar y compartir conmigo los orgasmos que tuvimos.
Podría contar, incluso, como supimos darnos la medida exacta de conversación y de risa, de cariño y de sexo, de las copas, y el vino, y la comida, y los paseos y las experiencias explicadas y las emociones relatadas.
Pero he preferido expresar que de todas esas horas junto a él, de pronto extraigo algo que, a día de hoy, decenas de amantes buenos, regulares y hasta malos a mis espaldas, ningún hombre me había sabido explicar con tanta claridad.
No sé, será por eso que le llamo “Míster Claro.” Porque a su lado el camino es siempre incierto, pero es limpio, preciso, y exacto.
Foto: Cortesía & © by Patrick Jan Van Hove