Los ojos de ese verde tan profundo como las aguas de tu mar, ése que tanto añoras, después de una tormenta. Ojos que destellan con chispas doradas cuando te gana la excitación y te impulsa el deseo.
El cuello que añoro desvelar –casi escondido, como está, debajo de la cascada de tu pelo–, para entibiarlo con mi aliento y recorrerlo con la lengua.
La boca, cautiva y dominadora al mismo tiempo, siempre dispuesta; con esos labios del color de las fresas maduras y la barrera perlada de los dientes dibujando la sonrisa que es a la vez tentación y maravilla.
También la piel, claro. Esa piel tuya que reacciona y se eriza y se aviva con mi respiración y con el roce de mis dedos, porque sabe traducir al instante el idioma de mis caricias.
Los senos plenos, exuberantes, espléndidos en la perfección de su forma y su tamaño. Pechos que, generosos, se ofrecen a mis manos y a mi boca.
La curva de la espalda, que da vértigo. El vientre consumado. La exquisita redondez de tus corvas. Los pliegues de tu cintura.
Los muslos rotundos y tan suaves como la seda más fina y sutil, que albergan el valle inmaculado de tu pubis.
El pubis, anticipo de esa oquedad húmeda y tibia, donde se hunde mi hombría y se desconcierta mi sensatez.
Las rodillas, la curva de tus piernas y, por detrás, el declive hacia los tobillos y los pies.

He dejado tus manos para el final, ¿lo has notado?
¿Sabes cuál es la razón?
Porque hábiles y expertas como son –manos como de un ángel–, hacen con cada parte de tu cuerpo, los nudos de esa red en la que me tienes apresado.
Foto: Cortesía & © by Maxim Balakin