Me llegan desde el cuarto esos ruidos que reconozco, el familiar murmullo de la intimidad: las puertas del vestidor que se abren y se cierran, el taconeo de las sandalias, el susurro de una tela.
Puedo imaginarte en la habitación, una pierna apoyada en el borde de la cama, poniéndote las medias negras, con esa habilidad de movimientos tan privativos como propios de tu condición de mujer.
Sabes –no necesito decírtelo–, que me resulta voluptuoso ver cómo te pones las medias, desplegando la malla hacia arriba, por las piernas, pasando la rodilla y subiendo hasta los muslos, para terminar ajustándolas con el tirador del portaligas, con ese dejo de sensualidad que le imprimes a cada movimiento.
Percibo en el aire el aroma intenso de tu perfume preferido. El que más te gusta, el que mejor le viene a tu piel, el que más me excita y que se adelanta al instante en que abres la puerta y apareces.
El cabello suelto cayendo sobre tus hombros. El maquillaje apropiado para resaltar tus ojos color de mar. El collar de oro y los aros haciendo juego, resplandeciente. En las manos, sólo ése anillo de sello en tu dedo meñique.
Y el vestido de fiesta que nunca había visto y que deja poco librado a la imaginación.
Por delante, el escote osado, que no se permite la obviedad. La opulencia de tus senos erguidos, desafiantes y orgullosos, mostrándose apenas lo necesario para cautivar, torneando la tela oscura y tenue, el contraste perfecto para la blancura inmaculada de tu piel.
Sonríes, das una media vuelta y te volteas.
Por detrás, las manos enlazadas y toda la tersa hermosura de tu espalda, bordeada a los costados por la tela que cae a pico y se une en un vértice sugerente en ese punto que delimita la cintura como una frontera imaginaria que la separa de tu grupa.
–¿Cómo me queda? –preguntas.
–Espléndido.

Me lo habías anunciado; me habías dado apenas un anticipo. Lo estaba esperando.
Un momento antes, sólo podía hacerme una idea. Ahora, no queda ningún lugar para la duda.
Debajo de ese vestido de fiesta sólo medias, portaligas, unas gotas de perfume y tu piel.
Foto: Cortesía & © by Donatella Tandelli