Yo, como todos, me rodeo a veces de gente que no soporto. O al contrario: no soporto a veces a alguna gente que me rodea. Pero esencialmente a la que no me soporta a mí. O al contrario: empiezo a no soportar a la gente que no me soporta.
Así de buenas a primeras iba a resultar difícil que alguien me resultase insoportable: contrariamente a lo que aparento, me suele gustar todo el mundo: el chulo, la tonta, el cabrón de turno, la pelota, el frikkie, el maki, la hortera, la portera, su marido, el simpático, el guapo, la inteligente… todos tienen cabida en mayor o menor medida en mi concepto de “es genial” aunque con algunos me vaya de copas y con otros pues no.
Tengo la increíble capacidad de despertar miles de antipatías en personas especialmente inseguras pero que quieren no serlo.
Me explico: aquellas mujeres sin éxito profesional que mueren por tenerlo, aquellos hombres tímidos cuya mayor ilusión es ser extrovertidos, aquellas que nadie escucha y que se sienten frustradas por no ser escuchadas.
Y por supuesto, aquellas mujeres feas que hacen lo imposible por aparentar ser guapas. Las que buscan ser objeto de deseo y no las desea ni el obrero de la obra de enfrente. Las que odian su cuerpo y se machacan a gimnasios y a operaciones de estética.
Ya he contado, a sazón de la historia de mi becario, que en mi Lugar de Trabajo 1, no soy ni de lejos la más guapa. Es más: creo que estoy rodeada de mujeres excepcionalmente guapas, lo que a veces me hace parecer incluso del montón. Me gusta mirar a mis compañeras, tengo un sentido de la estética bastante objetivo: una mujer guapa es una alegría para mi vista, no tiene porque mediar en ello un elemento sexual, aunque a veces también, porque hay algunas que de no ser porque el tema lésbico no acaba de motivarme, me las follaba sin dudar.
Me gusta ver como con la entrada de la primavera (casi verano) mis niñas pasean modelitos blancos con tanguitas insinuantes, tops de colores, melenas al viento, falditas apretadas, sandalias perfectas, pies de uñas pintadas y morenos diversos.
Todo ello amenizado por el hecho de que la gran mayoría son incluso más jóvenes que el becario. Así que mi Lugar de Trabajo 1 es un pulular de mujeres hermosas (y hombres también) de buen ver, por cierto.

Pero yo debo desprender completa seguridad en ese aspecto físico: me cuido lo justo, me arreglo más justo todavía y no me importa en absoluto ser la senior del montón. Bah, me sobra seguridad y me falta envidia.
Así que mi compi menos agraciada (también hay un par de esas gorditas o directamente feítas) me odia profundamente. Jamás a día de hoy he tenido encontronazo alguno con ella, al contrario: en una situación profesional trágica fui la única en prestar mi ayuda con cariño y con completa entrega.
Pero ella me-o-dia. Me mira con desdén. No me saluda. No me habla. No se ríe cuando se aglomeran todos a la hora del café para escuchar y reír mis ocurrencias. No pide consejo allí cuando todos acuden a mí. Se nota una profunda amargura respecto a mí. Y me duele lo justo, no sé por qué le resulto tan insoportable.
Trato de ser amable, trato de integrarla, la invito a todas las cenas que organizo (también soy de las que mueven grupos para tomar cervezas, o para cenar cómodamente). Pues nada: purito odio, ya os lo digo.
Ayer comenté esto con Elenita y ella me miraba callada y asentía. Y al cabo de un rato me dijo:
–No te comas la cabeza. Te odia porque no puede ser como tú. Y lo peor, es que quiere ser como tú.
Podría haber elegido ser como Elenita y su metro ochenta y su lacio cabello negro y su vida feliz junto a su novio el dibujante de comics. O como Mónica perfectamente casada luciendo su precioso primer embarazo bajo blusas de impecable costura. O incluso como Paola cuyo fondo de armario parece donado por Mango para que luzca como nadie sus nuevos modelos de temporada. O, si me apuran, hasta como Lucía con su sonrisa siempre puesta y su envidiable puesto de psicóloga adjunta.
Pero no: ella quiere ser como yo.
Así que ya no la busco para ganarme su simpatía: ahora me dedico a odiarla. Por ser tan estúpida como para envidiar a una mujer que podrá ser cualquier cosa, menos motivo de envidia.