Colección Voyeur

Viernes 20 de Julio de 2007
Inspiración romántica

Que Mister Claro me perdone.

(Acabo de caer en la cuenta de que el amor de Carrie –Sexo en Nueva York– era Míster Big. Lástima que me pareciera la más obviable y ñoña de la serie y la única que me parecía con algún matiz ligeramente interesante fuese Miranda.)
(Vamos, que no creo acabe yo en París con Míster Claro declarándome su amor.)
(Si acaso haciéndome el amor.)
(Cambio “hacer el amor” por “follando como sólo él sabe”)
(Joder, cómo me disperso).

El sábado por la noche nos sentamos frente a un vino que no soy capaz recordar de qué D.O. era y estábamos cenando cuando me dió por decirle que era un hombre difícil de querer. No es porque no tenga tantas virtudes sexuales como intelectuales, si no porque Mister Claro tiene esa emocionabilidad de apabullante estabilidad y realismo, que hace complicado montarse la peli color de rosa.
Vamos, que tú estás diciendo que qué bonito el rosa este y Mister Claro te dice que no es exactamente un rosa porque si lo comparas con cualquier otro rosa bien podría resultar fucsia o rosa pálido.
Y tú bebiendo vino.
El caso es que entramos en una especie de debate acerca de la felicidad y yo le pregunté: “¿Pero tú no eres feliz con estas pequeñas cosas que nos suceden a ti y a mí cuando estamos juntos?” y él contestó que él era feliz en su vida así en general, y lo único que hacía era tomar las oportunidades que le ofrecía ésta.
Que su vida le gustaba, que le gustaba cómo era, que le gustaba vivir y que si encima aparecía una rubia sensual para poder compartir un vinito de no sé qué coño de D.O. pues mucho mejor.
Le pregunté que si entonces yo era substituible y él me dijo que todos éramos substituibles pero que la pregunta no era muy realista porque a fin de cuentas con quién estaba en ese momento era conmigo y no con otra.
Yo seguí insistiendo acerca de que me daba la sensación de que hubiera sido cualquier otra y lo hubiese valorado en la misma medida y él dijo que sí, pero que era yo y no cualquier otra.
Como no podía vivir mi momento rosa y estaba viviendo su momento (pon los pies en el suelo Amanda que te la pegas), pues concluí que era muy complicado hablar con alguien de su profesión y que me daba por vencida y que me sirviera más vino.
Se rió y aun seguimos un rato más hablando él desde su pragmatismo y yo desde mi ilusionismo porque yo estaba tan de puta madre en aquel instante que me sentía jodidamente feliz y quería compartirlo con él.
Luego nos fuimos a tomar copas y con la tontería nos pusimos a bailar y a pegarnos una marcha del quince y venga a reír y a comentar canciones y él estaba espléndido, le miraba en su cuerpo menudo y su impecable forma de vestir, con su camisa negra rayada y su vaquero y sus increíbles ojos verdes brillaban entre todos aquellos que colapsaban ya casi el bar, y me cogía y bailaba y me besaba y reía y yo me sentía una reina junto a aquel hombre de serenas palabras y pragmática cabeza, de inteligencia poderosa, de manos expertas, el único hombre a día de hoy capaz de hacerme desfallecer de placer y de provocarme orgasmos que nunca me parecen suficientes, y de convertirme en una egoísta de él, quiero más sexo, más manos, más lengua, más polla.
Y así estábamos los dos, eran las tres de la mañana de un sábado en una ciudad extraña pero que parecía más nuestra que ninguna.
Entonces de pronto dijo, con voz serena, tranquila, como quien no quiere la cosa, como producto de nada y producto de todo:
–¿Recuerdas Amanda? La conversación acerca de la felicidad de antes… pues sabes, ahora es uno de esos momentos en que me siento realmente feliz.
Lo siento, Mister Claro, pero estuviste perfecto.
Y no podía por menos que escribirlo.

Foto: Cortesía & © by Andy Hunger

 
Publicado por Amanda a las 05:00

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