Colección Voyeur

Domingo 15 de Julio de 2007
Mi residencia I

Apenas a unos meses de egresar de mi licenciatura llegó mi nombramiento para la residencia, y tal como lo esperaba y por suerte en un hospital cercano a mi domicilio, lo que me permitía no tener que viajar y poder llegar en pocos minutos ante una emergencia o tener que salir por la noche para cubrir la guardia de algún compañero. Ya se sabe que en los hospitales rige el principio de “Hoy por ti, mañana por mí...”
En esos tiempos de residencia, una noche de verano de esas sofocantes, cuando el calor resulta aplastante y después de una jornada de actividad intensa, aún me quedaba toda la noche por de delante, ya que me había tocado mi primer guardia de veinticuatro por cuarenta y ocho horas.
De manera que después de la cena en el comedor de médicos, y para poder sobrellevar la noche que me esperaba, me fui a la habitación con la intención de pegarme una ducha, descansar un rato, leer un tratado de temas profesionales de esos que son una verdadera lata, mientras me reemplazaba un colega.
Las habitaciones de los médicos eran muy cómodas –bueno, no se imaginen un hotel cinco estrellas–, y en los hospitales es cosa común que fueran usadas indistintamente por profesionales varones o mujeres. La profesión lleva a establecer lazos de cierta confianza por los que nadie se horroriza si estás durmiendo en la cama de al lado del anatomopatólogo o compartiendo la habitación con la pediatra de turno. Gajes del oficio.
De manera que las habitaciones, se comparten y por lo general a nadie le importa un rábano quién está tapado hasta la cabeza en la cama de al lado, porque cuando uno llega a acostarse, por lo general no se duerme, se desmaya uno. Así que puede tocarte una compañera como con un compañero y todo depende de las habitaciones que quedan disponibles en relación con la cantidad de profesionales que están de guardia.
Esa noche en particular no sabía –y a decir verdad no me importaba–, con quién tendría que compartir la habitación (había noches en que el ajetreo era tanto que quedaba toda el cuarto para uno solo) así que después de ducharme, elegí mi cama cerca de la ventana. En las habitaciones no había aire acondicionado y la única refrigeración era la que daba un traqueteante ventilador de techo (a esa hora lo único que hacía era remover el aire caldeado por el calor del día–, y la que podía entrar por la ventana.
Esperaba dormir un poco más fresca, ya que durante las guardias largas no estaba prohibido echar una cabezada si no había ninguna emergencia y esa noche, hasta ese momento, todo estaba tranquilo.

Me tendí en la cama, acomodé la almohada y a medias sentada y apoyada en el respaldar, me dispuse a internarme en los entresijos del texto de ese libro de fisiología muscular, que era una verdadera lata.
Ya ven ustedes qué pasa cuando un libro constituye un verdadero incordio y no hay más remedio que leerlo: uno tiende a bostezar primero y quedarse dormido después. Al menos eso me ocurre a mí. No sé cuánto tiempo ni cuántas páginas pude haber leído, pero de pronto estaba totalmente dormida con el libro que se me había caído de las manos.
En medio del sueño creí escuchar que se abría la puerta de la habitación y alguien entraba y se iba directo al baño. Compañero/a-cansado/a-acalorado/a que viene por una ducha y un par de horas de sueño, me dije, y volví a dormir.
Pero al cabo de unos minutos me despertó una voz de hombre. El muy desconsiderado, fuera quien fuese, estaba cantando bajo la ducha. Cerré los ojos, me puse de costado hacia el lado de la ventana y traté de conciliar el sueño pero me fue imposible.
Escuchaba cómo dejaba de caer el agua y cómo el tipo seguía canturreando lo más campante, sin tener en consideración que a pocos pasos una compañera del hospital agotada trataba de dormir.
El cuarto en penumbras se iluminó un poco cuando abrió la puerta del baño, pero por un instante, porque la apagó. ¡Bueno, es algo!
Nada. Que el tipo encendió un cigarrillo, y a mí el humo me pega mal así que a esa altura de los acontecimientos, harta de que me despertara con sus movimientos, canturreos, abre-y-cierra puertas y por fin con el cigarrillo, me di la vuelta ofuscada.
–¿Serás tan gentil de apagar el cigarrillo? –dije.
–¿Por qué? ¿Te molesta? –preguntó el muy fresco, a quien no podía verle la cara porque la habitación estaba a oscuras.
–Sí. Me molesta y mucho, de manera que... (menudo idiota)
–Bueno, bueno... ya lo apago. (Ñiiiiiaaaaackkk... –ruido de puerta abriéndose–. ¡Fssssss..! –cigarrillo ahogándose en la taza del inodoro–. Ññññiiiiaaaaackkkkk –ruido de puerta cerrándose... ¡Dios mío! ¿Hasta cuándo los ruidos?)
–Bueno, ya está... pido disculpas... no te enojes, que envejece –dijo la voz.
Ahora sí que la reconocí. Era la voz del doctor Schult, el pediatra de guardia. Y vaya si sabía quién era. Lo apodaban “el terror de las enfermeras”, aunque las enfermeras lo llamaban “la bendición para una noche de tensión”. Había escuchado a más de una cuchicheando en la cafetería acerca de ciertas habilidades del doctor Schult que no tenían que ver, precisamente, con el ejercicio de la medicina.
¡Y me había tocado a mí! ¿Por qué justo a mí, esa noche, con una guardia larga por delante? ¿Qué pecado tenía que purgar?

(Continúa)

 
Publicado por Ángel a las 05:00

Respuestas
15 Julio 2007 - 10:58
RU
"MORIRIA" por ser el doctor Schult...Angel. Un beso de otro residente...
15 Julio 2007 - 11:10
Enviar un emailRU
"MUERO DE NUEVO" ¿Angel podés contarme el final? Te dejo mi correo . Un beso excitante... no lo puedo controlar.

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