Escuché cómo se tendía en la cama de enfrente. (Las camas de los hospitales también rechinan cuando los de mantenimiento no pasan seguido)
–¡Chist! ¡Ey, doc! ¿Ya se le pasó el enojo...? –preguntó en un murmullo, y adoptando el tono de un nene travieso. No pude evitar sonreír.
–No –contesté.
–¿Y podddqué no? Zi sho shoy un nene bueno.... ahodda me duedmo... –siguió bromeando.
–Entonces dormite y dejame descansar, nene –respondí, pero se me escapó una risita (Ji ji) y él me escuchó.
–¡Ziiiiiiiiii! –dijo–. ¡Te-ez-táz-ri-en-do! ¡Te-ez-tás-ri-en-do!
–Ufa, nene, no jodas –yo, pero sin tanta convicción. Parece que las enfermeras tenían razón cuando decían que era extra super large de simpático, y juguetón. Me di vuelta para la pared, bufé, sonreí y dije: –Sos un payaso...
Ese fue el momento fatal.
(Me acordé de mi amigo Rubén “Perico” y de ciertas muletillas que solía repetir acerca de la propensión que tenemos las mujeres en ciertas ocasiones para poder “sentarnos arriba del Ídem”... Jejeje)
A un tipo como el doctor Schult no se lo tienta como al diablo. Antes que pudiera reaccionar, ya me había pedido si podía abrir un poco más la ventana, porque hacía mucho calor y él, en la otra cama, lo padecía más.
Abrí la ventana todo lo que pude y la pálida luz de la luna alumbró apenas la habitación. Bueno, apenas es un decir, porque yo lo había visto al doctorcito, alto y delgado, elegante y con una barba recortada con prolijidad que siempre llevaba su bata blanca almidonada y olía de maravillas.
Empezamos a charlar desde la cama de él a la mía. Me preguntó acerca de mi vida, y yo quise saber de la de él. Para qué engañarme, la verdad que el doctorcito empezaba a caerme bien. Tal como había escuchado era agradable, simpático y muy pero muy muy seductor.
Debe haber pasado como una hora hasta que de pronto golpearon la puerta y ambos escuchamos:
–Doctor Schult... preséntese en la guardia, por favor, tenemos una urgencia.
Saltó de la cama y mostrándome, sin el menor reparo, toda su hermosa anatomía sólo cubierta por los boxer. Se enfundó los pantalones de un ambo verde y la chaqueta y se calzó los mocasines. Para quienes no sepan cómo es la vida en un hospital, el que un médico salte en calzoncillos en el medio de la noche por una urgencia, no es para rasgarse las vestiduras.
–Lo siento, belleza... –me dijo–. El deber me llama...
–Yo también lo siento –le contesté.
Y él entendió.
Si hubiera pasado un poco más de tiempo, sólo Dios sabe qué hubiera pasado... Bueno, yo ya me había hecho alguna idea de las cosas que podían pasar y, la verdad, no iba a hacerme desear mucho porque presentía que él tampoco. Volví a dormirme.
Un rato después –no se cuanto tiempo había transcurrido–, sentí un cuerpo deslizándose en mi cama con suavidad. Y aunque me desperté en el acto –los que trabajamos en hospitales no tenemos mucho tiempo para remolonear–, preferí hacerme la adormilada.
–Mmmmm ¿Emmmm? –murmuré, pero le hice lugar.
–¿Te molesta si compartimos el fresco de la ventana? –me dijo al oído y en el acto se me erizó la piel y mi debilidad me delató: los pezones se me pusieron como piedras de duros.
“No sabés, no contestás, pero correte”, pensé, y lo dejé que pegara su cuerpo al mío, sintiendo que el corazón me latía cada vez más rápido y empezaba a sentir calorcito entre las piernas.
Una de esas deliciosas manos suaves de médico me acarició una teta y empezó a jugar con mi pezón.
–Oh, bueno, bueno... esto es serio... vamos a tener que revisar a la paciente –dijo, el muy travieso.
–Mmmmm... –a esa altura era capaz de dejar que me revisara toda, y me dejé besar la oreja (el maldito debía ser adivino, porque es mi punto débil, pero débil del todo), y me puse como loca.
El hecho que estuviésemos en la habitación de los médicos, con el riesgo que en cualquier momento alguien nos necesitara a alguno de los dos, la clandestinidad y el riesgo, le agregaba excitación a la cosa.
Me puse boca arriba.

–Sí, doctor.... revíseme –le dije, y le comí la boca de un beso interminable.
Las enfermeras tenían razón. Era imposible resistirse a ese hombre que no sólo me excitaba con lo que me estaba haciendo sino que además me comía la cabeza jugando al doctor.
Me exploró, me revisó, buscó, encontró y me llevó a un delirio de placer en esa cama de hospital que hasta ese momento, no había sentido en mi vida.
(Mi novio –porque estaba de novia–, ni aunque hiciera un curso, o se disfrazara de mago, había podido lograr lo que ese hombre consiguió de mí en esa calurosa noche de verano. Claro que no estudiaba medicina ni pediatría).
Al amanecer, transpirada, agotada y sintiendo que las piernas no querían parar de temblar, se pasó a su cama, dándome el alta provisoria, pero prometiéndome volver para una visita de control en la próxima guardia, setenta y dos horas después.
Ni siquiera pensé si íbamos a coincidir. Si resultaba que no, ya iba a encontrar a algún compañero a quien hacerle la guardia.
Foto: Cortesía & © Julia Ardón by Flickr