Colección Voyeur

Lunes 16 de Julio de 2007
En remojo

Y de pronto descubrí que aquí
en mi piel se encienden llamas.
"Tu amor me hace bien" , Marc Anthony

La primera vez que te vi, hubo algo en ti que de inmediato llamó mi atención. Quizás haya sido tu estatura, que a pesar de no ser muy elevada, sí te permitía sobresalir de la mayoría de los presentes, o la perturbadora virilidad que transmitías. Aunque casi me atrevo a asegurar que lo que me cautivó de ti fue justamente ese no sé qué imposible de definir con palabras y que al sentirlo no te queda más opción que entregarte al torbellino de sensaciones que provoca, y justo eso fue lo que hice.
Aprovechando que estabas concentrado en una conversación con otras personas y dando rienda suelta a mi lado voyeur, estuve observándote a mis anchas largo rato.
Quedé embelesada con la naturalidad de tus movimientos, tus gestos tan masculinos, la forma en que movías las manos para dar énfasis a lo que decías, tu risa franca para celebrar algún comentario o cómo de pronto te ponías serio y fruncías el entrecejo. Debajo de la camisa adiviné tu pecho amplio y velludo. Me gustó la forma en que os pantalones no hacían más que resaltar tanto la fuerza de las piernas como la comba del trasero. Te recorrí lentamente con la mirada, como si estuviera ante una vitrina y no pudiera decidir dónde posar los ojos.

Hasta que reparé en la hermosa barba que rodeaba tu boca. Si aquella boca me parecía la más besable que había visto en mi vida, entonces, sin duda alguna, tu barba era la más acariciable con que me había topado hasta ahora.
Tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para contener las ganas de tocarla y comprobar si al tacto de mis dedos se sentía igual que bajo mi escrutadora observación. Sin embargo, mi imaginación corría desbocaba y ya inventaba mil caricias con aquellos vellos bien recortados, así que no pude evitar decirme: “¡Cielos, cómo me gustaría sentir esa barba deslizándose suave y despacio por mi cuerpo!”.
Como si hubieses leído mis pensamientos, en ese momento te pasaste la mano por la mandíbula y el mentón, como si estuvieras acariciándolos, y yo suspiré, repitiéndome “¡Por todo mi cuerpo!”. Volteaste hacia donde yo estaba y me miraste con una expresión que me hizo entender que te habías dado cuenta de que te estaba observando desde hace rato e incluso que habías comprendido lo mucho que me atraías. No me quedó más alternativa que sonreírte; pero además, tocándome la mejilla, te indiqué que me gustaba tu barba. La sobaste una vez más y entonces sí, me levanté y fui a tu encuentro, porque de verdad tenía que posar mis dedos sobre ella.
Todo esto lo recuerdo ahora, mientras miro, como si se tratara de una película en cámara lenta, que acercas ese precioso bosquecillo de vellos a mi entrepierna, luego de pasarlo por cada valle, promontorio y curva de este cuerpo que se llena de incendios por donde vas rozando. Abro más las piernas, empujo la pelvis hacia ti y te siento, a ti y a esa barba de mi perdición, ardiendo de deseo, dispuestos a hacerme perder la razón una vez más. Y en este mismo instante comprendo la sabiduría de ese dicho popular, así que no sólo me mojo, sino que ¡me remojo!

Foto: “De Olho em mim” Cortesía & © by Paulo Cesar

 
Publicado por Anamar a las 05:00

Respuestas
16 Julio 2007 - 14:33
Angel
Querida Anamar que importante es darnos cuenta de que "ese amor"...nos hace bien. Cuando se trasforma en "toxinas"...es cuando hay que comenzar a respirar "nuevos aires"... Celebro tu hallazgo un beso "presente" desde Argentina hasta tu "bella tierra".

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