Porque ciertamente
en la variedad está el gusto.
–Amor, ¿te acuerdas de ese postre que preparé la semana pasada? –me preguntas desde la cocina.
–¿Te refieres a las peras cubiertas de helado y bañadas en chocolate fundido? –te respondo y se me hace agua la boca con la sola evocación de esa exquisitez. – ¿Cómo no recordarlo, corazón? ¡Te quedó delicioso!
–¡Gracias!
–¿Cómo dijiste que se llamaba?
–Peras "Bella Elena".
–Claro, si me contaste la historia del nombre y hasta me hiciste escuchar la opereta de Offenbach –te digo y, con la esperanza de que lo vuelvas a preparar, agrego zalamera–: ¿Por qué me preguntas? ¿Lo vas a hacer de nuevo?
–Sí. Como vi que te gustó tanto, estaba pensando hacerlo hoy –contestas, mientras oigo que abres la puerta del refrigerador y luego dices enfadado–: ¡No tengo peras ni helado!
Me levanto del sofá, me desvisto en silencio y camino en puntillas hasta la cocina. Una vez allí, me pego a tu espalda para que sientas mis pezones duros y te susurro al oído:
–Pero sí hay chocolate, ¿verdad? Porque se me ocurre hacerle una pequeña variación a la receta.

Media hora y una tableta de chocolate derretido después, en un momento que te detienes para relamerte los labios, exclamas:
–¡Ah, estas peras bella Ana son una delicia! Creo que de ahora en adelante serán mi postre favorito.
–Y el mío –añado, mientras tomo tu cabeza para acercarla de nuevo a mi pecho e indicarte con ese mudo gesto que sigas chupando.