Recién, hace apenas unas horas que te has marchado y ya estoy evocándote. Sé que no estarás alejada de mí por mucho tiempo, pero no puedo evitarlo, la sensación de ausencia es mayor que cualquier argumento de la razón.
En mis retinas se quedó pegada la última imagen: el cuerpo arqueado, las piernas entrelazadas con las mías, la tempestad de tu pasión desatada y la piel erizada, prodigándote a mis manos y a mi boca.
La respiración agitada, las mejillas encarnadas, elevando las caderas para disfrutar del gozo de la entrega al sentirme franquear la entrada a esa cueva húmeda que alberga delicias insospechadas para el cuerpo y el espíritu
Apenas hace unas horas que te has marchado y reconstruyo en mi memoria tu femineidad infatigable, tu embeleso, el arrebato de tus sentidos. Tus ojos verdes, profundos como el mar que te espera, salpicados de chispas doradas que se encienden con cada estallido de placer y cada convulsión de tu vientre de mujer.
–¿Vas a extrañarme? –preguntaste, momentos después cuando, extenuada y todavía sumida en la ensoñación, recostabas tu cabeza en mi pecho.
–¿Cómo no extrañarte? –contesté, entrelazando mis dedos en tu cabello.
–Más te vale –apenas un susurro en mi oído.
–¿Es necesario que te lo diga?
–Sí, es necesario –aseguraste, incorporándote y mirándome a los ojos.
–Pues sí, voy a extrañarte.
–¿Cuánto? –empezaste a ponerte el suéter.
–Así de mucho –dije, imitando con las manos el con gesto ampuloso de los niños–. Como hasta la estrella más lejana y hasta el fin de los tiempos.
–Mas te vale –insististe con esa sonrisa traviesa que te transforma el semblante–. Si no me extrañas, te lo pierdes.
–¿Me pierdo qué?
–Lo que te espera a mi vuelta.
–¿Y qué será lo que me espera? –pregunté.

–Mira lo que te espera.
Quiero que lo sepas: hace apenas unas horas que te has marchado, y ya te extraño.
Foto: Cortesía & © by Jacek Pomykalski