Eran las ocho de la noche y ya había terminado con mis pacientes restaban tan solo dos horas para terminar mi jornada laboral.
Estaba muy cansada y sabía que podía relajarme esas horas que marcarían el final de mi día de consultorio.
Había empezado mi día a las ocho de la mañana, que era cuando tomaba mi guardia y después de doce horas seguidas atendiendo, no sentía ni mis manos.
Fui al baño y antes de volver a ponerme el pantalón del ambo me recosté sobre la camilla y descolgué el teléfono interno para que nadie me molestara. Eso era un código que todos los profesionales compartíamos y nos entendíamos entre nosotros.
Si se daba la situación de una emergencia, un golpe en la puerta seguido de otros dos era suficiente para salir. Para el caso que llegara el director zonal, dos golpes seguidos en la puerta obraban milagros, porque aparecíamos en escena como por arte de magia. Y eso era para el neurólogo, la pediatra, la kinesióloga –esto es, yo– o los conductores de la ambulancia.
Ni bien apoyé mi cabeza en la almohada, me dormí.
Y soñé.
Era uno de esos sueños agradables, muy agradables y a tal punto vívidos que se siente como si se estuviera despierto (ya saben a qué me refiero). ¡Maravilloso inconsciente!
En el sueño, unas manos se apoyaban en mis sienes y bajaban por mi cuello, deslizándose dentro del escote de la chaqueta del ambo, siguiendo la curva de mis senos hasta encontrar los pezones que –soñaba–, se me ponían duros como piedras.
Y allí abajo, entre las piernas, empezaba a sentir un agradable calor que cada vez era más y más hasta...
Hasta que algo me sobresaltó y desperté.
No era un sueño.
Una mano se perdía por debajo del ambo y los dedos jugueteaban con mi pezón.
La otra, en mi entrepierna, se había deslizado debajo de mi bombacha y los dedos jugueteaban con mi botoncito. ¡Ay! ¡Qué bien que lo hacía!
Un par de manos expertas que se habían adueñado de mí aprovechando mi sueño, en la habitación a oscuras en la que sólo distinguía la forma de una cabeza de hombre que se iba acercando a mi entrepierna.
Lo dejé acercarse. A esa altura de las circunstancias a qué quejarme si la verdad es que estaba gozando a más y mejor.
Le facilité las cosas elevando un poco las caderas para que pudiera sacarme la bombacha y lo dejé hacer. La cara se hundió entre mis piernas y un instante después sentí deslizarse en mi vulva una lengua tan juguetona y hábil como esos dedos que me habían prodigado un sueño tan placentero.
Ahí, en la camilla, abrí bien las piernas y me dejé hacer. Lengua, boca y dedos recorriendo mi sexo y mi corazón que latía cada vez más rápido y las sienes que me empezaban a cosquillear y mi vientre a contraerse y...
Y cuando el último espasmo me lo permitió le pregunté:
–¿Quién sos?
Un último beso en mi clítoris dado con los labios y una última lamida en mi vulva anegada... Un último espasmo.
–Doctora... su tratamiento del día, terminó.
Sólo atiné a darle las gracias.
Y a pedirle otro turno.

Pero la silueta que se recortaba en la tenue luminosidad del marco de la puerta no respondió.
Entonces me quité la chaqueta del ambo y desnuda en la camilla –de puro golosa–, me regalé otro orgasmo fantaseando que el desconocido volvía.
Foto: Cortesía & © by Dominique Lefort