Salpicada de espuma,
de salitre,
desnuda,
desde el mar viene gritando.
Gabriel Celaya
–Amor, ¿alguna vez pensaste en ser pescador de perlas? –te pregunto, mientras yacemos tendidos en la cama, disfrutando de la fresca brisa que viene del mar, acariciándonos muy suavemente los cuerpos impregnados de ese olor a salitre que todo lo invade y oyendo las olas lamer sin descanso la arena, como si fuera un amante que no para de besar a su amada.
–¿Pescador de perlas? –replicas extrañado–. ¡Qué cosas se te ocurren, dulce locura! ¿Cómo que pescador? Y de perlas, para rematar. ¡Con lo difícil que es conseguirlas!
–Yo sé de una perla que te permitiría que la encontraras fácilmente –comento, sin poder evitar una risa traviesa.
–¿De verdad? –me preguntas sonriendo e incorporándote a medias para dibujarme sobre el torso incontables espirales, ondas y remolinos con tus dedos juguetones.
–Sí, de verdad –te respondo–. Me refiero a una que está escondida en una caracola muy húmeda, con sabor y olor a mar, cuyas valvas se abren sin dificultad cuando el buzo es experto y sabe cómo, cuándo y hasta dónde sumergirse.
–Creo conocer a un buceador de esas características –dices, ya metido por completo en mi juego.

–Si pones tu oído aquí, podrás escuchar que también reproduce los sonidos del océano –digo, invitándote con la mano a acercarte a mi entrepierna.
–Mmmm, es cierto –exclamas maravillado y sigues interrogándome–: ¿Y me podrías describir esa perla de la que me hablas?
–Es esférica y de color rosado. Una reluciente margarita que a medida que la vas tocando su consistencia se va haciendo más dura. Sí, justo como estás haciendo ahora –digo y agrego suspirando–: ¿Lo notas?
–Por supuesto –contestas–. ¿Y qué más me puedes decir de esta bolita nacarada tan prodigiosa?
–Pues, que le encantaría que su madreperla tornasolada reluciera ante tus ojos y para eso ¡basta que la mojes!
Foto: Cortesía & © by Narcis Virgiliu