Cabalgamos por días sin parar,
desbocados corceles del amor.
Áspera textura del viento, Gioconda Belli
Basta con que digas esas palabras: “Vení, subite”, adornadas por tu acento cantarín y la voz ronca de deseo, para que la magia surta efecto y yo me despoje de la ropa que aún llevo puesta.
Si además acompañas tu invitación con el gesto de tender una mano hacia mí y tocarte con la otra el regazo desnudo, donde ya se yergue tu hombría, se evaporan los escasos restos de cordura que me quedan.
Entonces me transformo no sólo en una impetuosa amazona que se dispone a cabalgarte, sino en la dulce locura que va y se sube sin demora sobre ti para hacerte perder la razón y regalarte mi dulzura.

Aprisiono tus caderas entre mis piernas. Subo los brazos para ofrecer mis pechos a la férrea presión tus dedos. La humedad de mi sexo engulle la erección del tuyo. Tus ojos encendidos no se apartan del fuego que abrasa los míos.
A paso lento comienzo a moverme sobre ti, buscando la posición que más nos gusta. Subo y bajo, contoneo la pelvis, me detengo y sigo.
Poco a poco la velocidad aumenta y el roce hace que salten chispas de nuestros cuerpos.
Galopo rauda y libre, hasta que tus manos vienen en busca de mis ancas y me aferras con fuerza, porque sabes que estoy a punto de convertirme en pura miel para ti.
Foto: Cortesía & © by Kierst