Un día de ese otoño del mes de abril esperaba a mi primer paciente en el consultorio. Desde la ventana que daba al pulmón del hospital, donde convergían las habitaciones de internación de Traumatología, por primera vez reparé bien en él.
Fue el día que me sorprendió la mirada de ese médico que una mañana de esas se había acercado al buffet mientras tomaba un café, me preguntó si podía compartir la mesa y, sin darme tiempo a responder, se sentó frente a mí y se presentó.
–Soy el doctor Viale –dijo, extendiendo la mano–. De traumatología.
–Ahá –yo, estrechándosela sólo
por cortesía, levantando apenas la vista del libro, porque de entrada no me gustó ni su prepotencia, ni su descaro, ni su persona ni lo que había escuchado decir de él. Demasiado bajo y demasiado arrogante para esa estatura.
–Y vos sos la kinesióloga...
–Ahá –enfrascándome otra vez en la lectura.
Ese primer día intentó entablar una conversación, pero le fue mal. Por suerte llegaron dos residentes amigos y se sentaron con nosotros. Recuerdo que cuando se fue, no pude evitar taparme la boca para que no me viera reírme.
Usaba el guardapolvo blanco sobre el ambo verde,
que ondeaba –más apropiado sería decir que “flotaba”–, detrás de él cuando
caminaba. Se me ocurrió que parecía Batman , pero petizo. Je.
Ese día de abril caminaba hacia el pabellón y la bata
seguía flotando detrás como la capa de Batman . Pero esta vez no me pareció tan bajito y sí un poco más atractivo. Desde donde estaba levantó su mirada hacia mí –me había visto en la ventana–, y no pude sostener su mirada penetrante.
Me hizo una seña con la cabeza y me hizo sentir perturbada. Me guiñó un ojo y se lo devolví con una sonrisa cómplice.
Fue al fin del día, cuando ya había terminado con mi último paciente, que golpearon la puerta. Y no llegué a contestar, que ya estaba abierta.
–¿Puedo? –era el traumatólgo. Se había cambiado y vestía un jean, camisa y un suéter.
–Hola, doctor
–sentí que se me aceleraba el pulso. Ese doctorcito me despertaba sensaciones extrañas y contradictorias.
Se acercó y me dio un beso. Cuando digo “se acercó”, quiero decir que se puso delante de mí y su pecho rozó mis senos que reaccionaron al instante: los pezones marcándose como dos piedritas, en la tela del ambo.
–¿Tenés algo que hacer cuando termines? –preguntó, y sus ojos pasaron de los míos a mis pezones.
–Ya terminé. ¿Por qué?
–Porque pensé en invitarte a cenar –dijo.
–Ahá. ¿Y por qué?
–Porque desde ese primer día en el buffet, no dejo de pensar en esos ojos verdes tuyos.
(No dejaba
de pensar en mis ojos
verdes, sí, claro, pero en ese momento no podía dejar de mirar ni la manera en que
abultaban mis opulencias ni cómo se marcaban mis pezones en la
tela verde del ambo).
–Ah, claro.
–Te espero afuera en el auto –dijo, y sonó inapelable,
como si estuviera tan seguro de que yo no me iba a negar. Como lo hubiera dicho
Batman en una película, bah.
No me negué, acertó en su predicción.
–Me cambio y salgo –le
contesté, jugada y sin preguntarme por qué aceptaba.
–Fantástico.
Ese día me había vestido con una pollera negra corta y una remerita muy ajustada que marcaba mis tetas.
(Curiosa manera tienen los hombres de
elogiarme los ojos y de mirarme las tetas).
Me di una ducha, me rocié con Charlie –que estaba de moda en ese momento–, agradecí el haber elegido el conjunto de soutien y bombacha blancos de encaje y salí con el pelo húmedo.
Cuando subí al auto el corazón me latía más rápido, las piernas me temblaban un poco y sentía que la bombacha se estaba mojando.
–Bueno, ¿adónde vamos? –dije.
El
doctor-Batman-pero-bajito , no me contestó ni me dio tiempo a reaccionar. Me tomó la cara y me plantó un beso en los labios. Algo más que un “piquito”, pero nada de lenguas desaforadas. No me resistí.
–Vamos –contestó.
La verdad que me temía que de cenar nada, y que iba a enfilar directamente a un albergue transitorio. Me equivoqué.
Se detuvo en un restaurante
que estaba cerca de la facultad de medicina y cenamos. Conversamos mucho,
conociéndonos, y mirándonos a los ojos. Me preguntó acerca de mi vida. Me contó de la suya. Y todo el tiempo los ojos, como bolitas, de mis ojos a mi escote (después me confesaría que le costaba mantener la mirada en mis ojos y que no se le fueran al escote de mi remerita ajustada).
Cuando nos estábamos tomando la última copa de vino, me acarició una pierna por debajo del mantel con una de esas suaves manos de médico que tenía y yo lo dejé. Acercó su cara a la mía y volvió a besarme, pero esta vez sí con toda la boca, con la lengua, buscando la mía.
–Reina... –me dijo–. No puedo dejar de pensar en vos desde que te vi en el buffet.
Sentí que el vientre se me llenaba de alitas de mariposa, y un delicioso calorcito me recorría todo el cuerpo.
Llamó al mozo y pagó la cuenta. Salimos y haciendo gala de caballerosidad, me abrió la puerta del auto.
–Qué bárbaro esto de tener guardia otra vez... –comentó, con picardía.
Y aunque era doce años mayor que yo y casado, con una historia y una familia que no me había ocultado, no me importó. Estaba dispuesta a dejarme seducir, y no precisamente por su mirada.
–Así es esta profesión –contesté.
Mientras manejaba con una mano, apoyó la otra sobre mis piernas. Yo pasé mi mano por detrás de su espalda y recosté mi cabeza en su hombro. Lo que pasó a continuación, son retazos de recuerdos difusos.
El momento en que enfiló la entrada del hotel; las caricias que me hizo sentados en la cama; su boca en mi cuello, sus manos subiendo por mis muslos y mi lengua buscando la suya. Él sacándome los zapatos y subiendo con su boca por mis piernas y mis muslos, levantándome la pollera con las manos y deslizando el borde de la bombacha, un delicado dedo hábil reconociéndome con suavidad infinita y por fin su boca, adueñándose de mi vulva, haciéndome arder de deseo.
–Mi reina... mi diosa... –susurraba entre mis piernas, dueño ya de mi sexo, mi corazón latiendo desbocado y mi mano buscándolo, para conocerlo.
Su lengua siguió subiendo y sus manos siguieron desvistiéndome, y de pronto ahí me tenía, desnuda y entregada y al instante siguiente ahí lo tuve, desnudo y erguido. Lo toqué y lo sentí palpitar.
Recuerdo haberme incorporado y haberlo tendido sobre la cama para adueñarme de su sexo como él se había adueñado del mío. Lo lamí, lo besé, lo froté y lo engullí, mientras sus manos no se quedaban quietas y seguían acariciando mi cuerpo como si estuviesen esculpiéndolo.

Cuando me penetró, lo hizo con suavidad, sin dejar de besarme con dulzura. Recuerdo eso. Lo llevo indeleble en la memoria. La dulzura con la que me trataba.
No aguantó mucho. Lo sentí venir,
y lo dejé, sin importarme mi propio placer. "¡Pobre!", pensé, "Estaba tan
ansioso".
Y cuando empezó a disculparse por haber acabado tan rápido lo silencié primero con un dedo en los labios y después con toda la boca y empecé a mover las caderas y a contraer y relajar los músculos de la vagina, como me había enseñado mi colega ginecóloga y al instante, su virilidad volvió a erguirse.
–¿Ves que no pasó nada? –le dije, moviéndome en círculos, sintiendo cómo crecía más y más dentro de mí.
–Te invito a cabalgar mientras nos perdemos juntos en las
praderas verdes de tus ojos –me dijo, tendiéndose de espaldas, para que lo
montara. Se esforzaba en mostrarse romántico, a su manera, y no le salía. Pero
en ese momento lo que dijo no me sonó cursi ni afectado. Me gustó. Y es que así somos algunas mujeres. Nos dicen dos palabras tiernas, suspiramos, entrecerramos los ojos y abrimos las piernas.
Imposible resistirme a esa cabalgata deliciosa, mientras sus manos –por fin–, se regocijaban acariciando mis tetas, dándome suaves pellizquitos en los pezones, llevándolas hasta su boca, hundiendo su cara entre ambas.
La "guardia", por supuesto, duró toda la noche. No le pregunté qué iba a explicar en su casa. No me importaba. Porque a partir de ese día descubrí que cabalgar resulta una excelente terapia tanto para el que monta, como para el que es montado.
A partir de ese día,
y durante mucho tiempo, solía pasar seguido por el pabellón para saludar a mi colega y amigo íntimo el traumatólogo, para hacer juntos una cabalgata con fines estrictamente terapéuticos.
Foto: Cortesía & © by Mario Vidor