Hay momentos en la vida en que es inevitable llegar a una encrucijada. En situaciones así, en días como esos, tenemos que enfrentarnos a la decisión de elegir uno de los caminos que, desde ese cruce, ya no volverán a juntarse, porque no corren paralelos. Son esos instantes en los cuales queda marcado un antes y un después, y ya que elegimos un camino, no podemos retroceder ni desandarlo.
Pero en esos acontecimientos excepcionales y por esa sorprendente paradoja de la vida, cuando enfrentamos esas contingencias inesperadas y decidimos tomar las riendas de nuestra existencia, es cuando más disfrutamos –si hemos aprendido algo de este sorprendente arte de vivir–, de los pequeños milagros cotidianos: de la comprensión, cuando esperábamos reproches; de la contención, cuando aguardábamos indiferencia; de la grandeza, cuando temíamos encontrar ruindad.
Cuando hemos tenido el valor y la templanza de tomar una decisión trascendental se reúnen en un solo instante lo que queremos, lo que debemos y lo que podemos, en esos momentos de autorrealización en los cuales crecemos y, sin resistencia y confiados, decidimos transitar el nuevo camino que se extiende ante nuestros ojos...
Ese es el momento de las pequeñas sorpresas que no se olvidan: un abrazo cálido, una caricia tierna, una enseñanza a tiempo y el beso que se da con pasión de la buena, con vehemencia, con toda la boca.

En momentos como ésos, el placer se potencia hasta el punto que por un instante nos sobreviene el desconcierto que produce la sensación del éxtasis. La voluptuosidad nos gana por entero y hasta creemos que un orgasmo más nos hará desvanecer. Tal el frenesí del cuerpo y la exaltación del alma.
Hay circunstancias que van entrelazándose de tal forma que nos llevan a dar un vuelco de ciento ochenta grados en un segundo, y entonces nos parece que así, de improviso, el mundo se nos pone de cabeza y durante un instante interminable, nos es dada la atribución de conocer el verdadero sentido de la felicidad.
Foto: Cortesía & © by Mario Vidor