Ayer tuve un momento "Odio a Cristóbal". Suceden cada tres o cuatro semanas. Son cortos, a veces tanto que soy incapaz de recordarlos. Y siempre, sin excepción, vienen provocados por los celos, que él maneja a su antojo hacia mí.
He de decir, en honor a la verdad y pese a quien le pese, que Cristóbal es un tío tremendamente atractivo. Y no hablo de atractivo físico. Aunque también. Pero a Cristóbal le rodean unos cientos de elementos que resultan como imanes para algunas mujeres, muy concretamente, las que le rodean.
Por ejemplo: tiene el don de la conversación. Es inteligente, irónico, ocurrente, brillante, zalamero, carismático y además culto. Puede atraparte en una conversación durante horas y nunca será suficiente. Siempre quieres más. Lo quieres cuando está en plena conferencia contándote un rollo insoportable acerca de la facturación de la empresa. Y lo quieres cuando te está contando cómo descubrió el Palacio Imperial de Japón. Y lo quieres cuando está explicándote en qué momento supo que iba a ser padre.
Pero no te engancha sólo su conversación. Te engancha su seguridad. Cristóbal nunca deja de decir "Sí" o “No” ante una pregunta. Le dices: "Cristóbal, ¿me quieres?" y contesta "Sí". “Cristóbal, crees que me sienta bien este vestido negro?” y contesta “No”. “Cristóbal, ¿te apetece ir a cenar comida paquistaní en un local de inspiración hinduista con un maître rumano”. “No”. “Cristóbal, ¿me comes el coñito durante diez minutos sin apartar tu lengua de mi clítoris?”. “Sí, sí, sí”. En fin, a muchas mujeres nos gusta esa seguridad. Nada de "Pues verás, cariño, la realidad es que no estoy del convencido de poder decirte que no sería del todo un sí".
Más cosas que hacen a Cristóbal atractivo: es atento. ¿Sales del cine y está lloviendo a mares? Cristóbal se saca la americana Hugo Boss y te cubre con ella. ¿Se te ha roto el tacón corriendo a coger un taxi? Cristóbal te rompe el otro tacón y santas pascuas. ¿Te has resfriado y no dejas de estornudar? Cristóbal tiene un pañuelo que lleva iniciales bordadas para ti. ¿Llevas dos meses sin echar un kiki? Cristóbal te pega tres en un plís plas (o en tres horas de plís plas).
Y encima con pasta. Pues sí. Pero no pasta para casarte con él (que él ya está casado), sino pasta para darte todos tus caprichos.
–Cristóbal, quiero ese vestido del escaparate
–Sí.
–Cristóbal, quiero pedir una botella de Vega Sicilia para mezclarla con la gaseosa.
–Sí.
–Cristóbal, quiero que el servicio de habitaciones me traiga un jamón 5 Jotas con jamonero para llevárselo a mi madre.
–Joder, princesa, se te está yendo un poco la pelota. Pero sí.
Cristóbal sabe pedir perdón. Si te hiere, rectifica y no lo vuelve a hacer. Si dice algo impropio, pide perdón y dice “Lo siento, no volverá a ocurrir”. Si le dices que lo mínimo es que te pida perdón, te dice “Sí" y además te regala un jamón.
Es detallista. De todos los viajes que hace trae algo para mí. A veces es la tarjeta de un restaurante en dónde estuvo y deseó estar conmigo. A veces es una carta que te escribió durante una reunión aburrida. A veces es un libro, o una foto, o una cajita de té, o una figurita de barro, o un paquete de tabaco con letras árabes. (Estoy deseando que viaje a Guinea Konakri y le de por traerme un diamante).
Tiene pelo. Sí, Cristóbal tiene cincuenta y dos tacos y todo su pelo. No tiene barriga cervecera. Qué va. Tiene un cuerpazo espectacular. Y además es sensible, dulce, cariñoso, romántico, un poco misterioso, marchoso... bueno, estaría horas hablando de todo lo bueno de Cristóbal. Pero no era el tema.
El tema es que le gusta más una tía que a un tonto un lápiz, y a veces se permite comentarme qué tal señorita le pone o que le gustaría follarse a tal otra o que ha coqueteado con aquella. Y ellas encantadas y todas deseando ser su amante, y –¡Joder!–, ya lidio con los celos hacia su mujer, a ver si además me tengo que tragar los de la secretaria de turno, la becaria nueva, la niña de la recepción, la Delegada Argentina, la comercial Tailandesa y –¡Increíble pero cierto!–, las putas de lujo que le ofrecen en casi todos los viajes que hace a la India, Brasil, Cuba o Japón.
Ya ni me pongo a preguntar si a alguna se la folla, prefiero no saber, y además, mientras me quiera lo que me quiere, a mí plin, que dudo que se enamore de la becaria (todos sabemos lo que se hace con una becaria y un puro).
Pero ayer me puso celosa y más celosa cuando me acordé de lo celosa que estaba y súper celosa cuando me di cuenta de lo celosa que estaba por acordarme de lo celosa que me había puesto.

Y decidí castigarle.
No le grité (no lo hago nunca), no le lancé un rollo moral, no le dije “Estoy hasta los huevos de oírte hablar de las putas de lujo que te pusieron en el último viaje”, ni le envíe a la mierda ni nada de eso. Sólo hay una manera para castigar a Cristóbal (y de paso, a todos los hombres) y eso es pasarte las siguientes tres conversaciones contestando con monosílabos.
Ejemplo:
–Hola mi amor, ¿cómo está mi princesita adorada?
–Bien.
–¿Ha ido hoy todo bien en el trabajo?
–Sí.
–¿Qué has hecho hoy, tesoro?
–Lo de siempre.
–¿Pero no ha habido ningún problema verdad? Te noto rara.
–No.
–¿Te pasa algo?
–No.
–Joder, estás muy mal. ¿He hecho algo que te haya molestado?
–No, ¿por?
–No sé, estás rara. No hablas nada. No dices nada.
–Estoy hablando.
–Ya, pero no como siempre. Joder, me tengo que ir, me están esperando.
–Vale. Ciao.
–Te quiero, dime, ¿me quieres?
–Sí.
Y así cuatro conversaciones más. Al final Cristóbal no puede más y acaba mandándote un jamón, una botella de Vega Sicilia, un billete para las Islas Seychelles, tres cartas de amor apasionadas, dos invitaciones a cenar en París y seis vídeos porno (por si acaso lo que me pasa tiene que ver con que no hemos follado en dos meses).
Al final siempre le cuento el porqué de mi "momento odio", y siempre acaba dándome la razón, diciéndome que me ama, pidiéndome perdón y haciéndome el amor como nunca, pero puedo aseguraros que nada asusta y desorienta más a un hombre que empezar a hablarle con monosílabos.
Foto: “Prisioner on Paradise” Cortesía & © by Narcis Virgiliu