De guardia y con lluvia. Nada Peor. Tarde gris de invierno. Un opio total. Frío afuera y silencio en los corredores.
Había terminado con la última emergencia y ya estaba buscando el abrigo y la cartera para ir al buffet a tomar algo y a seguir con la novela que estaba leyendo, cuando se abrió la puerta.
–¿Estás? –mi jefe de sala.
–Estaba por irme a tomar algo
–¿Cansadita? –le brillaban los ojitos, al muy travieso.
–Si no veo la hora de tomarme un café y después descansar un poco...
–Tengo una idea... –con una cara de sátiro que se la pueden imaginar.
–¿Qué idea?
–Una buena sesión de masajes.
–¿Se cobran?
–Son ad honorem.
–Y los da... ¿quién?
–Acostate en la camilla... boca arriba.
–¿Acá?
–Ahá.
–¿Ahora?
–¿Por qué no?
Me puse “en sus manos”.
Que no tardaron en soltar el cordón del pantalón del ambo y me lo bajaron, deslizando los dedos por las piernas. Y volvieron a subir.
Sentí las manos en los muslos. “Relájate y goza”, dicen. Me relajé.
Separé las piernas y me saqué la chaqueta por la cabeza, me contoneé un poco para facilitar las cosas de esas manos delicadas y expertas.
–Gua...
–¿Mejor?
–Mucho mejor... ¡Uyyyy, sí!
–¿Placentero?
–Tus caricias me hacen bien... –murmuré–. ¿Así atendés a todas tus pacientes...
–No a todas.
–¿A cuántas? –los dedos resbalaban como pétalos por mis muslos.
–Sólo a mis preferidas...
–¿Tenés (Umm.. ¡Esas manos! Umm...) favoritas?
Sin respuestas. Los dedos siguieron jugando, separándome los muslos, abriéndome. Escabulléndose dentro de mí, hasta entrar ahí, adonde ya me sentía húmeda y necesitada de más.
–¡Ay, Dios! –dije y no necesité pedir más.

Su lengua resbaló por mi piel y llegó justo ahí, adonde yo quería, justo adonde lo necesitaba.
Su boca se encontró con mi sexo y lo disfrutó a su gusto y placer... y al mío.
Sentí que estaba llegando al borde del acantilado y que descendería planeando como un ave, lo sentí estallar dentro de mí, en olas de fuego que dejaban muy lejos las gotas de lluvia helada que pegaban en la ventana de ese día de invierno.
Cuando conseguí normalizar mi respiración y mi pulso volvió a su ritmo normal, lo escuché susurrarme en el oído:
–Ahora sabes porqué estás entre mis pacientes favoritas.
Foto: Cortesía & © by Michael Avran