Para Ángel...
porque los ángeles
no tienen espalda
Después que la pasión te ha liberado de la premura del comienzo, cuando ya he recorrido todo tu cuerpo con mis labios, trepado por tus colinas y descendido hasta tus valles.
Luego de sumergirme con la boca, los dedos y el sexo en esa inmaculada fuente de deleites profanos que es tu vulva, exiges más.
Incansable, sólo necesitas un instante de calma, antes de volver a entregarte al vértigo de la voluptuosidad que te hace su rehén y regresa, apremiante, para repetir otra vez a servirse del plato de delicias del placer.
Cuando creo que ya es suficiente, que no puedes resistir más el embate de las sensaciones y subir una vez más hasta la cima del orgasmo sin desvanecerte, reclamas más.
Te montas. Me buscas. Te ofreces. Pretendes. Me incitas. Suplicas. Te abres. Demandas más.

Pocas son las veces que puedo contemplarte así, tendida de costado, saciada, rendida, jadeante, extenuada, sumida en el ensueño del éxtasis, dándome la espalda.
Después, por lo general, deseas más...
Foto: Cortesía & © by Dominique Lefort