Contigo sé que volveré a sentir,
el arrebato,
el arrebato de vivir.
“Arrebato”, Luís Eduardo Aute
Pensé que ya no te quedaban besos en la boca porque me habías besado de mil maneras distintas y en millones de sitios diferentes. Vi que tenías los labios hinchados de recorrerme, chuparme y humedecerme. Imaginé que se te borraron las huellas de los dedos por prodigarme infinitas caricias a lo largo y ancho del cuerpo.
Presentí que los brazos te colgaban exhaustos por abrazarme con tanta fuerza. Observé tu pecho bajar y subir tratando de calmarse. Miré el sexo que hasta hace poco se erguía orgulloso y ahora reposaba flácido sobre tu pubis.
Y creí que necesitabas descansar.
Yo estaba sedienta, por lo cual me levanté de puntillas para no interrumpir tu sueño y fui a la cocina a tomar agua. Abrí el refrigerador y me serví un vaso de agua, que me bebí de dos tragos. Me serví otro y con él en la mano me puse a dar vueltas por la casa. Vi que nuestras ropas habían quedado desperdigadas por la sala y empecé a recogerlas, amontonándolas sobre el sofá. Aunque era muy temprano, ya hacía calor y sentí deseos de tomar un poco de aire. Me dirigí al ventanal del balcón para abrirlo. Allí me quedé observando cómo se asomaban las luces del alba en el horizonte.
Entonces, una vez más, me sorprendiste.

Estabas justo detrás de mí, sin que yo me hubiese percatado de tu presencia. Me estremecí al sentir tu pecho velludo contra mi espalda, tus manos sobre mis caderas y tu susurro al oído: “Buenos días, bebé”. Hice amago de voltearme para responderte, abrazarte y darte un beso, pero aumentaste la presión de tu agarre alrededor de mis ancas y me acercaste más a ti.
Noté de inmediato que estabas listo para continuar lo que habíamos estado haciendo esa madrugada. Yo también estaba preparada, así que quise indicártelo bajando las manos para copiar tu gesto, tomándote por las caderas y acercándote a mí.
Y tú lo entendiste a la perfección…
Foto: “Hands on By” Cortesía & © by Buzz Ellington