El traumatólogo de guardia de esa noche era el doctor Viale, a quien la mitad del hospital apodaba cariñosamente El Negro y la otra mitad lo llamaba Batman desde que mi amiga Bet –colega de él–, se había ido de la lengua con eso del guardapolvos flotándole como una capa.
Admito que yo sentía afecto por El Negro, hasta que empezó a mostrar síntomas de que padecía algo semejante a una obsesión por mirarme las tetas. Y como era bajito –Bueh, enano no era, tampoco hay que exagerar–, tenía que ponerse en puntas de pie para mirarme el escote, lo que me resultaba bastante incómodo si estábamos a solas, y ya no les digo cuánto me fastidiaba si lo hacía en presencia de terceros, el muy guarro. La obsesión pareció declarársele cuando decidí terminar las cabalgatas con fines terapéuticos, que fue cuando empezó a ponerse muy cargoso cada vez que me veía y, cuando no coincidían los días de guardia, con los mensajitos en el celular.
Claro que si le buscamos el lado positivo al asunto, mejor que el traumatólogo de guardia fuera él y no Bet, su compañera y mi amiga del alma, porque todavía estaríamos la dos pishándonos encima de tanto reírnos, porque ambas tenemos la risa floja.
Cuando llegué a la guardia, El Negro estaba en el pasillo. Se ve que tenía uno de esos días movidos, porque apenas si me miró las tetas y se limitó a hacerme un gesto con el dedo pulgar señalando hacia la puerta del consultorio.
–Quiso hacer el Salto del Tigre y se cayó... no tiene nada roto –dijo. Se notaba que había estado riéndose.
–¿El quéeeeeeeeeee?
–Nada, nada... –me contestó y se fue meneando la cabeza riéndose y con el guardapolvo ondeando como la capa de Batman, dejándome intrigada y con la palabra en la boca. Las cosas que tiene que aguantar una cuando trabaja en un hospital público.
La paciente no había venido sola. La acompañaba el marido (después me enteré que no era el marido, sino la pareja de ese momento). Ni bien entré al consultorio y la vi recuerdo haber pensado “¡Ay, Dios! ¡La suerte que tienen algunas!” Porque, hay que decirlo: la señora además de que parecía ser bastante mayor que el señor que la acompañaba –aunque quizás no era tanto, sino que estaba bastante estropeadita, la pobre–, era de las del tipo cacatúa a las que sólo le falta la escoba (Nadie mejor que una mujer para evaluar a otra y no es que sea mala, yo no tengo la culpa si la pobre se parecía a una cacatúa), y él era uno de esos señores maduros a los que algunas mujeres miramos no una sino dos veces y siempre con malas intenciones. Un bombonazo, el caballero.
Según la ficha de admisión La señora mayor había manifestado tener cincuenta-y-muchos años y ser de profesión psicóloga. Había pasado por rayos y las placas certificaban que no tenía nada roto, pero cuando le bajé la bata comprobé que, además de las tetas caídas, un lado del cuerpo era más moretón que cuerpo. Brazo, cadera, muslo y pierna conformaban un gran moretón homogéneo.
–¿Qué le pasó, señora –pregunté.
–Me caí... ya le dije al doctor que...
–Sí, sí, ya me comentó. A ver si puede mover bien el brazo –la interrumpí antes que empezara con la cantinela.
(Sí, claro, vos te caíste y en el mismo momento alguien te tiró una pared encima de ese lado).
–Me duele.
–Claro que le duele... ya va a pasar...
(No es para menos, querida. No a cualquiera le tiran una pared encima y sobrevive para contarlo).
–Es que mi umbral de dolor es muy bajo –dijo, con esa manera que tienen los psicólogos de aplicarle a todo un marco teórico.
(¡Uf! ¡Qué hinchapelotas! Qué umbral ni qué umbral. Va a ser mejor que lo levantes, cariño, porque te va a doler mucho por lo menos por una semana).
–Bueno... tranquila... Ahora le vamos a curar esas nanas... –le dije, y casi se me escapa “abuela”, pero conseguí callarme a tiempo.
El señor estaba ahí, con nosotras, parado en un rincón, calladito y muy serio.
–¿Así que se cayó? –le pregunté a ella pero lo miré a él.
–Sí... se cayó –dijo, serio y compuesto.
–Ajá... Pero, ¿de dónde se cayó?
(Por los moretones del brazo, la cadera y la pierna izquierda, parecía que se había caído de un quinto piso y de puro milagro, porque había sobrevivido).
–Ejem... Mjm... –carraspeó y masculló, como si estuviera atendiendo a un paciente.
–De la cama... –contestó él–. Se cayó de la cama...
–Ah... ya veo –dije mientras hacía que levantara el brazo. La bruja debía ser de la familia del Hombre Goma, porque de donde fuera que se había caído y tal como me lo anticipara Batman no se había roto nada. Así que después de recomendarle que no hiciera movimientos bruscos durante un mes y sugerirle que se tomara el anti inflamatorio para el dolor que le había recetado, la mandé de vuelta para la casa.
Y me fui a buscar a Batman para que me contara qué había pasado porque me carcomía la intriga.

–¿Tirada en el piso? –traté de imaginármela, en el espacio entre la pared y el borde de la cama, atontada por el golpe, después de semejante porrazo.
–¿Te cuento o no te cuento? –me preguntó Batman cuando estábamos tomando el vigésimo café de la noche en el bar del hospital.
–No me vengas con eso que se cayó de la cama –le contesté.
–No, en serio. Se cayó de la cama –dijo.
–No jodas.
–No jodo, es cierto... bueno... parece que quiso hacer El Salto del Tigre y le erró–dijo. Y soltó la carcajada y se atragantó con el café.
Por lo que entendí que me contó Batman cuando pudo parar de reírse, según el relato del señor maduro que era la pareja, parece ser que la señora licenciada –a una psicóloga no se la llama señora, sino “Licenciada” porque de lo contrario, menos Amanda, todas se ofenden–, era una de esas personas torpes de nacimiento y por genética, que suelen llevarse todo por delante y caerse en los lugares menos imaginables y sin que nadie los empuje.
Pero bueno, algo debía tener de interesante la pobre, torpe o no. Porque siempre según la versión de Batman, basado en la versión del bombonazo maduro, parece que a la hora de los revolcones la señora solía mostrarse efusiva y le ponía ganas a la cosa. Algo sacada ella, digamos. Debía ser una de ésas a las que les da por moverse y por dar grititos y pegar pataditas en la cama como si estuvieran poseídas y –como a mí–, parece ser que le gustaba jugar al caballito.
Debe haber sido durante uno de esos despliegues de incontinencia que debió haber querido montarse sobre el señor maduro, pero con tal desenfreno que pegó demasiado envión, no calculó bien y saltó de tal manera que pasó de largo por arriba de él y –siempre según la versión del caballero–, se estrelló contra la pared y la puerta que daban al balcón de su lado de la cama cuan larga era y tal como venía, con todo el envión: ¡PLONCK!
(Me la imaginé estampándose contra la pared y yo tampoco pude reprimir la carcajada).
–Hay que ser boluda –dijo El Negro–. Imaginate...
Claro que me la imaginaba.
–¿Y él que hizo? –le pregunté, cuando conseguí parar de reírme un poco. Ambos llorábamos de risa.
–Eso es lo que le pregunté yo... –me contestó, y vuelta a carcajearse.
–¿Y qué te dijo?
–¿Qué me dijo...? Jajajajaja –Batman lloraba de risa, el muy cretino.
–Dejá de reírte ¿querés?
–Sí, sí... me dijo que ella de repente pegó un salto y él la vio pasar por arriba y escuchó el ruido del cuerpo al golpear contra la pared y entonces se asomó por el borde de la cama y la vio ahí, en el suelo y no sabía qué hacer porque no entendía qué había pasado... –se secó las lágrimas que le corrían por las mejillas de tanto reírse.
–¿Y?
–Y lo único que atinó a hacer fue preguntarle: “Adónde ibas? ¿Te golpeaste?”
Moraleja: El Salto del Tigre no es recomendable para personas de la tercera edad.
Foto: Cortesía & © by Buzz Ellington