Mi amigo Paco me llamó a las ocho de la tarde. Adiviné su llanto en el primer “Hola” pero adivinar el porqué de su llanto me costó muchos “Deja de llorar, serénate, o no voy a poder entenderte”.
Su novia, en la que había puesto no sólo sus ilusiones, si no también su determinación de ser esta vez y por primera vez, la pareja perfecta, atenta, feliz, respetuosa, libre, cariñosa, sexual y divertida que pudiera garantizarle la complicidad de ella y su amor tranquilo, le había dejado repentinamente.

Mi amigo Paco tiene treinta y siete años. Es un hombre fuerte, profesional, que ha sorteado todas esas vicisitudes de la vida sin perder el equilibrio, con cierto punto de vehemencia, atractivo en cierta forma por su desaire andaluz, que le otorga la pasión y la picardía al mismo tiempo, y es, sobre todo, un buen amigo.
Pero mi amigo Paco no tenía consuelo. Su llanto me chirriaba como amiga y me alentaba como psicóloga a buscar una solución para contener su desilusión, la horrenda decepción de saber que, aunque no has cometido ningún error, el amor se trunca.
Nada te garantiza que él, ella, –por muy completo y satisfecho que te haga creer que se siente, por muy enamorado o enamorada que se confiese, por muy participativa que sea su entrega–, no se plante un día en tu casa y te mande a tomar por culo.
Con explicaciones
burdas, con las de siempre: “Esto va muy rápido y no estoy seguro de estar
preparado para una relación así”. “No te merezco”. “Enamorarme no entraba dentro
de mis planes” y ese sin fin de bla bla bla que más que darte apoyo, te destroza por dentro.
Hice lo único que sé hacer en estos casos: echarle un poco de amiga y otro poco de psicóloga. En casa cenamos con vino y luego Chivas y más Chivas, y aunque yo no lo necesitaba, me cogí una cogorza del quince porque él sí lo necesitaba. O creía que lo necesitaba.
Después, le expliqué que cuando alguien te deja tan repentinamente, con excusas baratas y carentes de originalidad (¡qué distinto sería si nos dejasen diciendo que se han comprado una isla y no quieren compartirla con nadie!), el único consuelo del alma está en truncar la ruptura a la inversa, como si nosotros tomásemos la decisión.
Le pedí actuase con el razonamiento que ella no tuvo al precipitarse rompiéndole el corazón al hombre que, tres días apenas antes, le había paseado por su ciudad andaluza, alojado en casa de su familia, implicándola sin presión pero con comprensión en su mundo.
Un SMS bastó para darle la vuelta a la tortilla: “Quiero que pienses bien en si debes o no tomar una decisión tan drástica. Respira, piensa, y elige. En quince días te llamaré e iremos juntos a tomar una cervecita, un café o una Fanta (esto lo escribí con algo de mala leche, algunos ya me entienden). Y entonces decidiremos si realmente la ruptura es la solución.”
Su ya ex-novia lleva desde entonces mandando mensajes de arrepentimiento.
Ahora le toca a Paco pensar en si desea en su vida a una mujer que elige cualquier momento para enviarle a la mierda.
No sé si mis consejos terapéuticos fueron los oportunos.
Pero mi amigo Paco ha pasado en dos días de estar triste y hundido, a estar simplemente reflexivo.
Foto: "Series: Olivier" Cortesía & © by Dominique Lefort