(Inciso: Paco ha perdonado a la re-novia. Y eso que era un convencido de: "Yo no perdonaría jamás una infidelidad". Ahora habla de Cristóbal de otra manera...Fin del inciso )
Mañana tengo fiestita de críos, que son como las de mayores pero sin alcohol y sin posibilidad alguna de sexo, pero que básicamente es lo mismo: veinte personajes liándola y destrozándome el salón.
Que vengan los niños a casa no me molesta especialmente, yo me dedico a darles lo que me piden (agua, pan, más chocolate, “ande está el water”, y cosas así) y el resto del tiempo se lo pasan saltando por encima de las camas y alternando Plays, músicas que no entiendo y Messenger (Pero ¿con quién coño chateáis, si estáis todos aquí, eh eh eh?)
Lo que me molesta es el “Momento Mamis”.
Ese horrendo momento en que todas las mamás llegan más o menos a la misma hora para recoger a sus churumbelillos y mientras ellos dicen “Espera mamá que me queda una pantalla para acabar el juego”, ellas se creen en la obligación de entablar conversación.
Hace unos años me hice amiga de la mamá de un niño que iba a la clase de mi hija porque me confesó que se había hecho un piercing en el clítoris y otro en los pezones.
Era auténtica.
También me hice amiga de una que tenía dos amantes y lo mismo aparecía con uno que con otro y yo era la única que confundía los nombres y a Juan le llamaba Julio y a Julio, Juan, hasta que ella me dijo, es que son dos tíos distintos y no lo saben y me pareció casi más auténtica que la del piercing.
Pero aparte de eso soy la clásica mamá rara. Yo no hablo de las “profes”, ni del “cole”, ni de las colonias de verano y sobre todo soy muy rara porque no hablo de maridos. Porque ellas en esos momentos (en sus trabajos deben de ser la hostia de apasionantes) sólo hablan de niños y maridos:

–Pues mi marido se compró el nuevo BMW X5 y va y le hicieron una rebaja de 3.000 euros porque es el quinto BMW que se compra este año.
–¡Qué me dices! A ver si mi marido espabila con el concesionario de Mercedes”.
–Quita, loca, esos no te rebajan nada, en cambio a mi marido, como trabaja como abogado pues casi le regalan el Audi por llevar un caso.
–Anda, como el mío, que es arquitecto y le hizo la casa al dueño del concesionario Lexus”.
Y yo diciendo:
–¿Y por qué pantalla vas, nene?
Una de ellas me preguntó una vez: “¿Y tu marido en qué trabaja?”
–Es “amo de casa” –contesté yo. Y se lo creyó y ahora va diciendo a todas que yo mantengo al marido que no tengo y por eso tengo un Citroën.
Hace unos meses traté de llegar muy tarde a una de esas fiestitas para recoger a mi niña pero no calculé bien y allí que me metí en plena conversación, todas mi marido esto y mi marido aquello y yo callada.
Pero una de ellas empezó a hablar de un viaje, no recuerdo ni a dónde, –yo sólo gritaba cada dos minutos compulsivamente “¡Lili vámonosssss!”–, y ella venga a hablar y las otras, “¡Uys qué bonito!” “¡Uys qué fuerte!” “¡Uys! Se lo diré a mi marido”.
El caso es que la mamá le ponía interés a su relato, casi llegó un momento en que le presté atención: “Pero no, pero casi”, y después de esto dijo que se iba y se marchó.
Cuál fue mi sorpresa cuando una de las mamás restantes espetó a las otras –me incluyó por pena, creo, la rara que tiene un marido incógnito que es amo de casa–: “Es que no puedo con ella, ¡tenía unas ganas de que se marchara!”
Y las muy zorras descojonadas. A carcajada limpia. Se tiraron diez minutos de reloj poniéndola verde. Y yo verde de malestar, claro.
De pronto una dijo: “Así le va a la pobre desgraciada, divorciada es, con eso te lo digo todo.”
Y las otras: “¡Jiji, jajá!”
Malas putas.
Así que hablé por primera y última vez al corro de brujas:
–Pues entonces no entiendo bien lo del viaje. Porque está claro que se fue con un hombre. O… ¿no habéis visto la cara de bien follada que tiene? Se le nota una diferencia con vosotras…
Ese silencio como respuesta me llevó a la innegable realidad de que hay grupos a los que nunca perteneceré.
Sobre todo desde que lo redondeé aleccionando a mi hija para que dijera que a su mamá le habían hecho una rebaja en el precio de un Jaguar que se había comprado por hacerle un favor al dueño del concesionario.
Lo que más me costó fue enseñarle a guiñar un ojito cuando dijera lo del “favor”…
Foto: “Emancipation” Cortesía & © by Virgiliu Narcis