Sola en la guardia. Bueno, sola, lo que se dice sola no, vamos. En una guardia una nunca está sola del todo, y especialmente si es una guardia ajetreada.
Esa noche todo iba de maravillas y yo estaba jugando con “Perico”. Bueno, que no se llama Perico, sino que yo lo llamo así porque cuando le aflora el guarro que tiene adentro –que es casi siempre–, tiene esas salidas de lo más ingeniosas, como por ejemplo decirte:
–Vení, sentate arriba del “Perico” –el muy guarango.
Ni me pregunten acerca de las características del mencionado Perico, porque me da escalofríos cada vez que me acuerdo. Eso sí, que yo me acuerde, el “Periquito” ese no chillaba ni decía “Papa Para Perico” .
Claro que tenía otras virtudes, entre ellas... ¡me hacía unas cosquillas deliciosas!
Como iba diciendo, ahí estaba yo, dedicándome a esos menesteres picaruelos después de haber hecho entrar a Perico de contrabando poniéndole un guardapolvo antes de entrar para que pasara por la guardia sin que nadie lo detuviera, de lo más divertida y a punto de tomar asiento en el lugar indicado y en el momento preciso, porque se me hacía agua a la boca.
–Así es como me gusta tenerte sola para mí... –me susurró Don Perico, con voz de Luis Miguel cantándote al oído cuando de pronto... ¡Zas!
¡Emergencia!
Pegué un salto y lo dejé tendido boca arriba en la cama del dormitorio de médicos, estupefacto, con su bichito insatisfecho y muy erguido y expectante mirándome sin saber lo que pasaba, mientras yo me ponía el ambo y las zapatillas todo al mismo tiempo, explicándole que tenía que salir patitas-para-qué-te quiero.
Gajes del oficio, creo haberlo mencionado.
Así que toda mojadita, bastante ofuscada y maldiciendo por lo bajo, me apersoné en el consultorio de guardia.
–Vení, vení... ayudá... dale... –me dijo el jefe de guardia, que estaba acompañado por una enfermera que hacía esfuerzos por mantener quieto a un hombre que se zarandeaba en la camilla.
–Levantale las piernas... Una obstrucción... –dijo el médico.
Para los que no conocen acerca del tema, hay obstrucciones intestinales que –además de ser muy dolorosas–, pueden tener consecuencias serias. La kinesiología puede conseguir que el enfermo, manteniendo las piernas hacia arriba, y haciendo un ejercicio de flexión, pueda expulsar aquello que lo está obstruyendo, para no tener que terminar en la sala de operaciones, pasando por algo muy parecido al tajito que se les hace a las señoras cuando van a ser mamás y les cuesta porque no tienen dilatación o por otra docena de razones.
Así que me puse a la tarea, poniendo todo mi empeño y mi fuerza, pero fue inútil. El señor no podía expulsar nada, de manera que allá fue, derechito a cirugía y yo con él siguiendo a Alejandro, el cirujano de guardia.

Tengo que decir que era mucho más atractivo que “Perico”. Buenos músculos, lindos labios y, por lo que pude apreciar, una cola de esas que me gustan a mí, paraditas y duritas, para comérsela toda. ¡Un bombón, el señor paciente! (Algo así como el de la foto)
Quince minutos después en el quirófano, Ale estaba muy concentrado en la intervención cuando de pronto lo vi abrir los ojos como platos.
–Ah... bueno –dijo, y me miró a mí y después dio vuelta la cara, porque no quería que el paciente –que estaba boca abajo, medio boludizado por la anestesia y no lo podía ver–, se diera cuenta que estaba conteniendo la risa.
Yo levanté las dos cejas como diciéndole “¿Qué pasa?”.
Ale se limitó a mover la cabeza a un lado y hacia otro, sin decir ni una palabra y a continuación, su mano enguantada extrajo un objeto grueso y tubular de entre los cachetes de la cola del muchacho apuesto y lo depositó en una de las bandejas esterilizadas.
Entonces, la que abrió los ojos como platos, fui yo.
Ahí, en la mesita de ruedas, extendido cuan largo y grueso era, había un pepino de considerables dimensiones.
(Jajajajajaja... me acuerdo y todavía me río).
Para los que nunca estuvieron en una guardia de hospital tengo que decirles que hay situaciones trágicas a montones (que terminan por endurecer al más blando) y otras tan desopilantes que hacen reír al más solemne.
No sé cómo pudimos, todos los que estábamos en el quirófano, mantener la compostura. Debió ser porque Ale carraspeó, nos miró serio a todos y después se me acercó al oído y me susurró, barbijo de por medio:
–Ni se te ocurra reírte.
Yo puse cara de: “¿Y por qué a mí? ¡Ufa! ¡Si yo no hice nada!”
Pero sentía que estaba por hacerme pis encima, además de largar la carcajada más estrepitosa que se imaginen. No sé cómo me contuve.
Como sea, extirpada que fue la obstrucción producto del deslizamiento de un pepino de considerables dimensiones dentro del tracto anal del joven y apuesto paciente, y terminadas todas las tareas de costura y confección, lo enviaron a una salita de recuperación porque aunque la intervención no era taaaaaaan importante, el paciente no iba a poder sentarse con comodidad por unos cuantos días. De hecho, lo pusieron culo para arriba.
–¡Pggggffffffffff! –fue más o menos el sonido que me salió detrás del barbijo, cuando las enfermeras terminaron de sacar al paciente del quirófano en una camilla.
–Dejá de reírte, ¿querés? –me dijo Ale.
–Cuando pueda... Jajajajajajajaaaa –yo, que no podía, porque me había entrado la risa floja.
–¿Podés creerlo? –me dijo Ale, señalando el pepino, que nos miraba desde la bandeja metálica. Les parecerá cruel, pero en lo único en que pensé fue en el “Periquito”, que no le llegaba ni a la mitad al pepino ése.
–Un desperdicio, che –le contesté, cuando pude parar de reírme y empezamos a sacarnos la ropa de quirófano antes de irnos a tomar un café.
Como a las dos horas –imagínense cómo se corre la voz en un caso así–, todo el hospital estaba al tanto de la obstrucción intestinal padecida por el paciente, y los que estábamos en torno a la mesa, atragantándonos con el café y haciendo toda clase de conjeturas y comentarios del tipo:
–¿Le habrá puesto mayonesa para lubricarlo? –la enana maldita de mi amiga.
–Yo, de pepinos, lo único que conozco, es la ensalada... –una enfermera del quirófano.
–Admito que he visto culos de todo tipo y condición, pero nunca uno en el que florezcan pepinos... –el obstetra.
Como era de esperarse, el desfile de médicos por la sala privada en la que habían dejado al señor-del-pepino prometía ser incesante.
Cosas de médicos.
A mí me tocó visitarlo junto con Ale y la enana maldita de mi amiga la traumatóloga.
–¿Y? ¿Cómo va eso? –le preguntó Ale al paciente, que estaba pálido como el mármol, boca abajo y con una cara en la que se mezclaba el desconsuelo, el dolor y el bochorno. Todo junto y por el mismo precio.
–Bien... ehhh... me... mejor... –balbuceó.
(Claro, hermanito, ¿como no te vas a sentir mejor, después de lo que te sacaron del culo?), pensé, pero no lo dije.
Ale, serio como un empleado de pompas fúnebres ante los deudos del finado, levantó la sábana y le echó una mirada al traste del señor, que seguía boca abajo y asintió con aire solemne, como si estuviera examinando a un operado de apendicitis.
–En unos días va a estar como nuevo... –se le ocurrió decir.
La enana maldita se tapó la boca y salió de la habitación como si hubiera dejado la leche en el fuego, porque era capaz de largar la carcajada. Yo la conozco.
En ese momento –¿vieron que siempre hay un momento fatal en situaciones como esa?–, el señor dio vuelta la cabeza, desde esa posición tan incómoda boca abajo y se le ocurrió decir, mirándome a mí vaya a saber porqué:
–Doctora... ¿ustedes no pensarán que soy gay, eh?
–Naaaaaaaaa –me salió del alma–. No se haga problemas. Si acá ya todos sabemos que usted es vegetariano .