Lo conocí después de un accidente automovilístico, cuando tuve que hacerle un tratamiento de recuperación en las piernas.
–¿Qué estaba haciendo? –le pregunté, mirándole las piernas y el estado en el que las tenía después de la operación–. ¿Corriendo en Fórmula Uno?
–Algo así –me contestó mirándome el escote del ambo.
–Pues va a tener que dejar los automóviles por un tiempo, ¿sabía?
–¿Le dijeron que usted tiene unos ojos hermosos, doctora?
–¿Cómo sabe? –le pregunté, disimulando un bufido, porque era uno más de los que suele elogiarme los ojos mientras me mira las tetas. Se me ocurrió hacer una maldad y apreté un poco más de lo prudente el músculo que estaba masajeándole.
–¡Uh! –se quejó.
–¿Qué pasa? –contesté, con mi mejor tono de profesional-seria-y-eficiente.
–Eso dolió.
–No sea llorón, ¿quiere?
–Es que dolió...
–Pues vaya preparándose porque por andar haciéndose el corredor de autos, le espera bastante de esto –dije, mientras seguía con los masajes (ahora más suaves) hacia la parte alta del muslo.
–¡Oh! –dio un respingo.
–No me va a decir que esto le dolió.
–No, al contrario. Eso me gustó –me contestó y en ese momento me di cuenta que la sábana que lo cubría había empezado a levantarse a la altura de la ingle, haciendo carpita. Me dio el sofoco y sentí que me ardían las mejillas. Me había puesto colorada como un tomate de vergüenza.
Así conocí a Perico.
Bueno, en realidad no se llamaba Perico, como creo haberlo dicho. Se llamaba Roberto, pero la mamá lo llamaba “El Beto”. Así, con el artículo y todo. Y a los cuarenta y tantos, seguía siendo “El Beto” y la mamá seguía haciéndole la comidita y cuidándolo de las mujeres –¡Malas las mujeres!–, en especial de su ex nuera, porque lo había hecho sufrir al pobrecito.
A propósito, El Beto no era ningún “pobrecito” y era un atorrante de siete suelas, que se dedicaba al negocio de la compra y venta de automóviles.
–Yo los miro –decía, refiriéndose a todos aquellos que llegaban a su agencia de autos– y ya sé a quién voy a sentar arriba del Perico y a quién no.
El giro idiomático tenía las más variadas interpretaciones.
Si el eventual cliente era un hombre, “sentarlo arriba del Perico”, significaba que le iba a vender un auto que por fuera parecía recién salido de fábrica pero que en algún lado entre el radiador y la rueda trasera, tenía un gato muerto.
Si era mujer, quería decir que además de venderle por diez mil pesos –pongamos por caso–, lo que no valía más que mil (pero aparentaba costar cuarenta mil), también la iba llevando con su labia, su simpatía y su poder de seducción, a sentarla –en estricto sentido– arriba de su Perico (o "Periquito", según la ocasión y la clienta).
Y es que Perico era uno de esos hombres que no tienen medida cuando se trata de pasiones. Y sus dos grandes pasiones eran los automóviles y las mujeres. En ese orden.
Seductor incurable, después de la quinta o sexta visita, me había dado vuelta como una media (y el muy despabilado lo sabía) y cada vez que me tocaba hacerle rehabilitación ya antes de que llegara, sentía la humedad en mi bombachita de sólo acordarme cómo le abultaba la sábana mientras yo lo masajeaba.
Perico tenía un magnetismo especial con los autos, con los clientes y con las mujeres. En ese orden.
A la séptima visita me agarró desprevenida, me tomó de las manos, me atrajo hacia él y me comió la boca con un beso de esos que te derriten y sin más trámite. Que es justo lo que yo estaba esperando.
Diez minutos después, yo estaba jugando con Perico.
Bueno, con “su Periquito”, porque yo era “su Nena” y me trataba como a las clientas especiales.
Empezamos a salir regularmente y yo empecé a experimentar, por primera vez en mi vida, lo que era sentir las piernas como de gelatina después que Perico consideraba que ya era suficiente. Con ascendencia italiana, tenía temperamento mediterráneo y sangre caliente y tuve la suerte de conocerlo en la mejor edad, que era cuando ni bien terminaba con el primero, empezaba con el segundo.
¡Ay, Dios! ¡Qué épocas!
Yo, siempre bien pipona después de encontrarme con él, sonreía todo el día como si estuviera de viaje entre Babia y El Limbo y la gente hablaba, especulando acerca de lo que me ocurría. “¿Y a esta qué le pasa?” –se preguntaban mis compañeros del hospital–. “Tiene un amante.” “Si es uno solo, ya quisiera conocerlo yo, porque le está dando duro.” “Para mí que son dos.” “¡No me digan que la Nena se hizo fiestera!” “¿No le hará mal tanto?” “Un día de estos va a quedar descerebrada.” Y otras cosas por el estilo.
Yo, al margen de todo, me escapaba para encontrarme con Perico todas las veces que podía. A la mañana, antes de ir al hospital. Al mediodía, durante el horario del almuerzo, me iba a la agencia de autos para que me hiciera un service rápido en el escritorio de su oficina. A la noche, cuando terminaba el horario, me esperaba a la salida y nos íbamos a un hotel de trampa. Y cuando tenía guardia, me las arreglaba para ir a verlo a la casa o para hacerlo entrar en el hospital, a riesgo que me descubriera el director y se armara la de Dios es Cristo. Llegué a disfrazarlo de médico para facilitarle la entrada.
Perico también me cuidaba. Bueno, a su manera, que era cuidando mi autito. “Nena, voy a hacer que vean los frenos.” “Nena, voy a mandar a revisar el tren delantero.” (y me acariciaba las tetas). “Nena ¿cómo podés andar con la rueda de auxilio en estas condiciones?”, decía (dándome una palmada en el traste), y me dejaba sin auto para mandarlo al taller de sus amigos, que lo dejaban como nuevo.
–Nena, cuidalo, porque “El Beto” es puro corazón –me decía la madre.
La verdad, sí. Conmigo era un encanto... (Ahora me doy cuenta que con las clientas también, ¡Grrr!) aunque a veces era más celoso que Otelo. Pero es cierto que me mimaba como nadie, y me hizo realidad una de mis más preciadas fantasías (entre otras tantas de las que mejor no hablar).
Yo le había dicho que uno de mis sueños era manejar una Ferrari Testarossa en un lugar donde pudiera pisar el acelerador sin preocuparme por la velocidad, así que uno de mis días de franco semanal me fue a buscar a la mañana temprano y me llevó al autódromo en su Audi.
–Me dijiste que no ibas a correr más –protesté.
–Y no voy a correr más –me contestó–. Pero vos vas a hacer realidad tu sueño.
Abrió el portón de uno de los galpones del sector de la Fórmula 1 y ahí estaba: una flamante Ferrari 360 F1 Ibiza, con caja de 6 velocidades.
–¡Guauu!
–Dale, subí... hoy vas a conocer el vértigo –me dijo. La pista estaba vacía porque a excepción de los de la seguridad –que eran amigos suyos–, no había nadie más que nosotros.
Cuando nos acomodamos estiró las manos y me ajustó el cinturón de seguridad (y de paso me rozó las tetas, porque no podía con su genio).
–Lo primero que tenés que hacer es el reconocimiento de la pista –me indicó, y me recorrió el cuerpo con las manos–. Sacate las medias, que molestan para manejar.

Reconocida que fue la pista por mí mientras sus manos estudiaban el terreno, me quité las medias.
–En segundo lugar, nunca te olvides la importancia que tiene la temperatura del motor –siguió, mientras me daba besitos en el lóbulo de las orejas y me respiraba en el cuello y yo me erizaba toda.
–¿Cómo sigo? –pregunté
–Probando que la palanca de cambios responda a tus manos –estiré mi brazo y mis dedos rozaron primero la tersa superficie de plástico y después la nudosa dureza húmeda de su “Periquito”. Las dos estaban a punto. –Está sensible, ¿lo percibís?
¿Cómo no? Claro que lo percibía. La palanca de cambios encajaba cada movimiento con una precisión y una suavidad que nunca antes había experimentado. Y el Periquito estaba poniéndose tan terso como el mando del automóvil. Pisé el acelerador, en punto muerto para sentir cómo regulaba. Una seda.
–Antes la carrera, hay que verificar que el mecánico esté preparado –dijo, y me besó en la boca y yo deslicé mis dedos por “su palancota” y después me agaché y verifiqué que el mecánico estaba preparado, listo y dispuesto. Bueno, de alguna manera tenía que mostrarle agradecimiento, al fin y al cabo.
Ahí, en la pista, solos dentro de la Ferrari, le mostré qué podía hacer yo con una palanca de cambios como ésa.
–Ahora... la pista... es... tuya –jadeó, cuando terminé con la verificación, relamiéndome.
Cuando pisé el acelerador, sentí que la Ferrari pegaba un salto. Cuando llegué a la quinta, todavía quedaba resto en el velocímetro. Y cuando entré la sexta... ¡Guauu! Nunca había experimentado algo así...
Ese día conocí el vértigo.
Perico también.
Desde entonces empezó a llamarme “Mi Ferrari Testarossa”.
Foto: “In fraganti” (Detalle) Cortesía & © by Fisterra