Cada vez que visito por primera vez un país, uno de los mayores placeres que experimento es descubrir los nuevos sabores que se ofrecen a mi paladar. Los considero verdaderas aventuras que pueden bien deleitarme o aborrecerme, pero que rara vez me dejan indiferente. Disfruto explorándolos, conociéndolos, percibiéndolos. Intento hacerlos míos; sin compararlos con otros que ya conozco, sino dándoles su identidad propia.
Durante esta semana en Buenos Aires he probado, bebido y comido tantas cosas de las cuales había escuchado hablar durante años: el enorme, jugoso y exquisito bife de chorizo, la reconfortante crema de calabaza, los sencillos emparedados de pan de miga, el empalagoso y oscuro dulce de leche, los helados cremosos, el mate amargo, las medialunas crujientes y el aterciopelado sabor de un buen vino tinto.
Todo me los llevo grabado en las papilas gustativas, en el corazón y en ese segundo corazón que llamamos panza. Sé que los añoraré por algún tiempo y que hoy –ya de regreso en mi país– al desayunar echaré de menos la morbidez de esa mitad de luna hecha de hojaldre; y por más grueso que pida el bistec no podré compararlo con un buen bife argentino.
Lo más seguro es que cuando regrese a la Argentina vuelva a probarlos, en un intento vano por revivir esta primera visita, plenamente conciente de que es y será una experiencia irrepetible.
Como tampoco podré volver a repetir la magia de este encuentro inicial contigo, de la alegría que significó conocerte en persona, abrazarte fuerte, verme reflejada en tus ojos risueños, ponerme de puntillas para buscar tu boca por primera vez y por fin probar ese sabor a ti con el cual soñaba, de tus labios ávidos que se posesionan de los míos, de nuestras lenguas enroscadas y zigzagueantes cual dos serpientes que se traban en sensual combate, de tu boca que a un mismo tiempo me subyuga y libera.
Vendrán otros encuentros, sí, pero la magia que tuvo éste, es única, irrepetible e inolvidable.
Porque a partir de aquí en adelante, no podré olvidar que me trastorna percibir tu piel erizada cuando te recorro con mi boca y entrelazar mis dedos en esa selva enmarañada que son los vellos de tu pecho.

Ha quedado, indeleble en mi memoria, en cada rincón de mi boca y en cada papila de mi lengua, el recuerdo del regalo que me hice, degustando tu cuerpo con voracidad hasta llegar, para deleitarme hasta la saciedad, con tu hermoso sexo de hombre.
Como ya nunca podré olvidar ese instante, ese pequeñito fragmento de eternidad, que fue percibir el latido de tu sexo erguido como un obelisco dentro de mí, mientras tu voz gruesa repetía mi nombre y me alentaba a seguir así de fuerte, así de intenso y así de duro, hasta recibir tu ofrenda en el momento en que te derramas dentro de mi cuerpo de mujer.
Foto: Cortesía & © by I. Volgin