Con una sola caricia
te hago brillar con todo tu esplendor.
“L’amour la poesie”, Paul Éluard
Es una mañana más bien tristona, con el cielo cubierto de nubes grises que han estado derramando lluvia durante toda la madrugada y amenazan con seguir haciéndolo el resto del día. O quizás la tristeza está dentro de nosotros, porque esta primera semana que pasamos juntos llega a su fin y por mucho que hagamos planes para la próxima vez, no sabemos cuándo ni dónde volveremos a encontrarnos.
Cuando termino de vestirme para ir a desayunar me acerco a ti, me tomas entre tus brazos y nos abrazamos con fuerza.
Te pido que me beses de tal modo que este beso tuyo me dure el tiempo que estaremos separados. Nuestras bocas se unen y por puro instinto mis dedos descienden por tu pecho, mientras los tuyos ya están acariciando los míos. Tomas una de mis manos y la pones sobre tu hombría, para que note cuán dura se ha puesto.
De manera inmediata, se enciende la chispa del deseo y nos olvidamos del desayuno, de mi avión que parte en unas pocas horas, de las personas que trabajan en la terraza de enfrente y del resto del mundo a nuestro alrededor.

En cuestión de segundos desabotonamos camisas, bajamos cremalleras, deslizamos tirantes y soltamos cinturones para que nuestras ropas caigan el piso en total desorden. Nos despojamos de zapatos, relojes, prendas y de todo aquello que nos estorba, y volvemos a meternos en la cama.
Sin dilación y decidida me subo a ti, ofreciéndote mi sexo y tomando el tuyo entre mis labios. En medio de jadeos, gritos y suspiros, nos chupamos y lamemos con la avidez de dos animalitos hambrientos, sedientos el uno del otro, dedicados a grabarnos nuestros olores y sabores más íntimos.
Por un rato, no somos más que dos amantes deseosos de prolongar lo más posible estos últimos minutos juntos y así robarle eternidades a los instantes.
De pronto te cimbras, me cimbro y mientras estallamos en sendos orgasmos, el más hermoso y reluciente de los soles primaverales entra a raudales por la ventana de esta habitación de hotel en Buenos Aires, bañando nuestros cuerpos y alegrándonos el alma.
Tras recuperar el aliento, me comentas:
–Mirá, dulce locura, salió el sol.
Entonces, sólo entonces, reúno suficientes fuerzas para decirte:
–Hasta luego, loco.
Foto: Cortesía & © by José Manchado