Para los que no sepan qué es peor que estar de guardia un fin de semana de esos especiales, que una tenía reservada para irse a pasarlo con su cuchi-cuchi un hotelito perdido pero acogedor en una isla del Tigre, se los digo: peor es tener que estar de guardia en Nochebuena o en la noche de Fin de Año.
¡Ufa! Sí, sí. A mí también me tocó. ¿O creían que me había salvado? Guardias pesadas, si las hay. (Cada vez que me acuerdo, lloro: ¡Buaaaaaa!)
Pero bueno, puesto que había sido una de las elegidas y, como decía mi abuelita, buscándole el lado positivo a la cosa, ese veinticuatro de diciembre a la tarde, ahí estaba yo, sentada con algunos destacados miembros de la banda alrededor de la mesa del office, evaluando el espectro de posibilidades y preparándonos para el desfile de los que:
a) se queman
con los fuegos artificiales hasta la espalda;
b) pierden
un par de dedos de la mano –cuando
no la mano entera–
por la explosión de un “rompeportones”;
c) llegan con un ataque de gastroenteritis por los excesos comestibles y bebestibles que empezaron a perpetrar en las vísperas;
d) tienen “mala borrachera” y se agarran a cuchilladas por cualquier pavada;
e) manejan con un alto grado de alcoholemia en la sangre y se estampan con el auto contra un camión parado;
f) depresivos crónicos, les da el “pedo melancólico” y no tienen peor idea que suicidarse justo esa noche;
g) se metieron una cañita voladora en el ojo; y...
Bueno, podría seguir enumerando las vicisitudes que tenemos que padecer los abnegados miembros de la comunidad médica si nos toca guardia en alguna de las tradicionales fiestas de fin de año, pero no viene a cuento.
El caso es que, ese 24 de diciembre, después de una breve deliberación alrededor de la mesa del office, decidimos pasar una noche especial y diferente. Así que todo el mundo empezó a llamar a sus casas para conseguir provisiones para la cena y mi amiguis y yo fuimos designadas administradoras-proveedoras de bebidas espirituosas y regalos para el arbolito (porque en el hospital también armamos un arbolito navideño, ¿saben? De lo más monono) y todos los que nos quedábamos aportamos nuestra parte de dinero para el fondo común con fines determinados.
De modo que salimos –mi amiguis y yo–, para conseguir “champú” para todos (y no precisamente para lavarse la cabeza) y preguntándonos qué regalitos sorpresa dejarle a cada uno en el arbolito.
–Se me acaba de ocurrir algo –dijo mi amiguis, justo cuando estábamos a punto de salir–. Vení, vamos a la proveeduría.
–¿Ahora? ¿Para qué?
–¡Chist! Hacele caso a mami y cerrá el pico. La boquita vas
a tener que usarla para otra cosa más gratificante
–contestó.
–Sí, mami –cuando mi amiguis se pone seria, mejor no contrariarla.
Así que pasamos por la proveeduría –que es el depósito donde se guarda toda la ropa de cama y los uniformes–, y después nos fuimos a un súper a comprar el “champú” y volvimos con cuatro cajas de Möet et Chandón, que fueron a parar directamente a la heladera de anatomopatología, porque ahí o se enfrían o se enfrían.
Después nos fuimos a una de las habitaciones donde habíamos dejado la caja de descartables que habíamos sacado del depósito y los rollos de papel de regalo y los moñitos dorados y rojos que habíamos comprado, y nos pasamos como tres horas armando paquetitos muy mononos. (Ji, ji, ji).
No sé si habrá sido un milagro o qué, pero a las diez de la noche en la guardia no quedaba ni el gato. Ningún paciente, ni accidentado, ni una parturienta gritando que había roto la bolsa... nada de nada. Así que estábamos todos en el comedor de personal, compartiendo lo que habíamos traído de nuestras casas y el pavo que nos había hecho la encargada y las chicas de la cocina y descorchando botella tras botella de champaña, en amigable compañía, pero ligeramente melancólicos –como suele ponerse toda la gente en Nochebuena–, comiendo pavo, ensalada rusa, Vitel Thoné y otras exquisiteces sin las cuales las fiestas, no son las fiestas. Con decirles que hasta ensalada de fruta había, porque algún lúcido se había acordado de traerla.
–¿Y los regalitos para cuándo? –preguntó Agustín, el nuevo residente, cuando faltaban diez minutos para las doce.
–Tené paciencia, nene... –le dijo mi amiguis–. ¿No te enseñaron en casa que Papá Noel no viene hasta la medianoche? –y me guiñó un ojo.
Y como yo sabía lo que eso significaba, empecé a sentir una cosquillita de lo más prometedora entre el tórax y las rodillas.
El caso es que, diez minutos después, dejamos de partir nueces y almendras con el martillo de probar reflejos y de cortar pan dulce con un bisturí, y nos paramos, y empezamos a saludarnos todos con todos, levantando las copas, y al grito de “¡Felicidades! ¡Felicidades!”, abrazándonos y repartiendo besos de lo más efusivos, para después pasar a buscar nuestros regalitos que esperaban debajo del arbolito que habíamos armado en el fondo del pasillo de los consultorios de la guardia.
Y cuando terminamos de romper el papel de regalo, todos teníamos en la mano un barbijo.
Eso: un barbijo para cada uno.
–¡Que alguien apague las luces del salón! –dijo una voz de mujer, que creo que era la de una médica clínica (bastante traviesa ella), que se había sumado al plantel hacía pocos meses pero ya había estado jugando en el dormitorio de médicos con varios de nuestros compañeros y que entendió el significado del barbijo.
Y las luces, se apagaron.
–Los invitados, pueden ir pasando –se escuchó una voz de hombre que provenía de la habitación a oscuras con la puerta entornada.
Había empezado El Baile del Barbijo y todos los asistentes conocían las consignas para participar del evento:
Iluminación: nula (luces apagadas, todo a oscuras).
Vestimenta: un barbijo por único atuendo, a excepción de la piel.
Música: suave, sensual (algún perspicaz había puesto en el grabador la banda sonora de “Nueve semanas y media”).
Condición: Nadie habla. No se puede decir ni una sola una palabra.
Reglas de juego: Lo único que se puede usar para reconocerse son las manos y... (¡Bue! Ya se imaginan qué más).

Y así nos fuimos sumando, todos los invitados, uno detrás de otro, sacándonos la ropa antes de entrar y llevando por único atuendo el barbijo, sintiendo manos que rozaban nuestros cuerpos desnudos y las nuestras que buscaban a tientas, una vez que trasponíamos el marco de la puerta de la habitación a oscuras.
Risitas, jadeos, quejiditos... y algún que otro gritito.
¡Ahhh!
¡Ohhh!
¡Mmmm!
¡Uysssssssssssss!
–¡Más! ¡MÁS! –exigía una voz de mujer que me resultaba muuuuy conocida y cuya dueña había sido una de las primeras en entrar.
De lo que me acuerdo (en mi descargo tengo que alegar que había tomado mucho y que el “champú” me pone en un estado de inconsciencia inimputable... Je): cuatro manos que me agarraron por detrás y por delante (pulpos no habíamos invitado)... y me empezaron a acariciar (¡Ay, Dios! ¡Cada vez que me acuerdo!), recorriéndome todo el cuerpo. ¡Y, bue! La carne es débil. ¿Qué podía hacer? ¿Negarme? (¡Ni loca!)
Más bien aprovechar, porque Batman esa noche tenía que marcar tarjeta con su señora esposa y el resto de la Bati-familia y si podía despegarse para venir a saludarme, iba a ser muy de madrugada. Así que me dije: “Relájate y goza...”
¡GUAU! ¡Estaba re-buena, nuestra fiestita!
Algún exagerado que se había tomado
las consignas muy en serio instaló su boca entre mis piernas, y tuve que
arrancarle el barbijo para que lo que iba a hacer, lo hiciera bien. Al que se
había adueñado de mis ultra-sensibles pezones, no tuve que decirle nada, porque
se ve que era más trasgresor y se lo había levantado hasta la frente. Que
ése a mí me reconoció por mis atributos delanteros, no me cabe la menor
duda.
Por mi parte, fue la primera vez en mi vida que sentí el deseo de tener cuatro manos y dos bocas... (¡Ay, qué vergüenza!)
Después de un rato, con las piernas como gelatina, salí gateando de la habitación en sombras, y a tiempo...
Y hago mención del “a tiempo...” porque estaba poniéndome el ambo en el dormitorio de médicos cuando se abrió la puerta y apareció Batman, con otra botella de Möet et Chandon en la mano. Había logrado escaparse de la Bati-casa para venir a festejar la Nochebuena con “la nena”.
–¡Felicidades, mi bebé! –dijo, y se me tiró encima.
Y yo, pese al ejercicio reciente, y como tenía el sí fácil, lo dejé y empezamos con el arrumaco-va, mimito-viene, y en esas estábamos cuando de pronto escuchamos la voz de un hombre –el guarango chistoso que nunca falta–, que gritaba imitando la tonadita cordobesa:
–¡Ey! ¡Organicemonó! ¡Organicemonó! ¡Que Tuavía no i tocau ni una teeeta y ya me aaabéi roto siete vece il´ cuuulo! –seguido de la carcajada general y de la mirada reprobadora de Batman quien –como ya les expliqué–, además de celoso, era un guardabosques de lo peor.
Por cierto, no puedo dejar de mencionar que al día siguiente los pacientes que llegaban nos miraban raro cuando les dábamos las gracias por haber tenido la cortesía de no interrumpir nuestra íntima celebración navideña.
Y del único desventurado que tuvo que pasar para que le hicieran una sutura por un corte de botella reventada en la cabeza, mejor no hablo. Porque como diría mi amigo el cirujano se fue con un Zic ZacZic ZacZic ZacZic ZacZic Zac que
no será capaz de arreglar ni el más hábil cirujano plástico.
Pero como el corte lo tenía debajo del pelo, no se notó. Je.