–¡Qué alto eres! –es el único comentario que se me ocurre, cuando abro la puerta y allí estás, ¡por fin frente a mí! De inmediato me doy cuenta de que acabo de decir una tontería, porque tu elevada estatura resulta obvia.
–Si quieres me arrodillo –respondes entre risas, intentado aliviar el nerviosismo que ambos sentimos.

–Pensándolo bien me parece una estupenda idea –retruco, procediendo a quitarme la ropa que llevo puesta y a recostarme en el primer mueble que consigo, porque es tanta la emoción de conocerte y la excitación que siento en este momento que no sé si las piernas me sostengan.
–No pierdes tiempo en recibimientos –comentas, quitándote camisa, pantalones, boxer, medias y zapatos en un santiamén.
–Pues no creo que haya mejor manera de recibirte –te digo, antes de probar tus labios por primera vez.
Foto: Cortesía & © by Zsolt Magyar