Colección Voyeur

Viernes 23 de Noviembre de 2007
Tópicos vigentes

A medida que los hombres (y mujeres) se van haciendo mayores, van cambiando sus hábitos, costumbres, pensamientos y elementos de fantasmeo y vacilación. Si a los veinte lo que se promulga es la cantidad de polvos que se han echado, a los sesenta el principal método para provocar envidias y sorpresas ajenas son los hijos (para quiénes los tienen, obviamente, y para los que suelen vacilar, obviamente también.)
Pues bien, mi padre es de esos. Sobra decir que le quiero con locura, pero que además le respeto, y eso que es un fantasma de los de verdad, que nunca pierde la oportunidad de hablar de lo suyo con malintencionado deseo de dejar a los otros con dos palmos de narices.
Superada la época de hablar del tamaño de su pene, de su coche, y de su pantalla de plasma, papá se dedica a hablar de sus hijos creándose competencias curiosas entre los sesentones que le rodean: “pues mi hijo es médico y ha publicado en el Lancet.” “Pues el mío es abogado y lo van a proponer para el Tribunal Supremo.” “Pues mi hija es micobióloga y participa en la búsqueda de la vacuna contra el SIDA.” En fin…
El caso es que como él no va a ser menos, se dedica a ensalzarnos lo indecible, tan indecible que la mitad se lo inventa, como buen vacilón que se precie.
Con mi hermana no le resulta muy complicado habida cuenta de su trabajo en una ONG por todos conocida. Así que si mi hermana se va a cualquier país que la mayoría de nosotros ni siquiera sabría dónde colocar en un mapa, a ayudar en una misión, mi padre cuenta que mi hermana es la Directora General y se queda tan ancho.
Conmigo le resulta algo más complicado, porque eso de tener una hija psicóloga no viste tanto, pero se esfuerza.

Como estoy en mi tercera carrera universitaria, allí él ha encontrado cierto filón vacilístico y en esas debía de estar el otro día, cuando sucedió lo que voy a contar.
El caso es que mis tres carreras no dan mucho de sí, y ni mucho menos para vacilar: diplomada en Turismo, carrera que me saqué copiando entre fiesta y fiesta, licenciada en Psicología, carrera que se saca cualquiera que sepa leer y escribir sin grandes esfuerzos y futura licenciada en Derecho, esta ya algo más puta, pero que me voy sacando casi más por sentido común y cierta experiencia vital que otra cosa.
Pero a saber qué contaría papá en su despacho reunido con unos clientes, mientras yo estaba en mi consulta, que tengo siete despachos más allá del de él. Lo mismo contó que yo era licenciada en ciencias exactas, física electrónica e ingeniera de caminos. O que lo era en filología árabe, telecomunicaciones y ciencias políticas.
Tonta no soy, vale. Pero disto mucho de ser una cerebrito. De hecho no me considero triunfadora en absolutamente nada. Quizás en el hecho de que a pesar de todo lo que he vivido, que era para tumbar a cualquiera, yo sigo de pie y muy entera. Pero él debe tirar de “hija lista” igual que quien habla de “hijo en el Supremo”.
Porque ese día salió de su despacho y al encontrarse conmigo dijo: “¡Amanda! Justo hablaba de ti y de tus carreras a unos clientes… ¿no te importa que te los presente?”
Y allí que entro yo, con una sonrisa, orgullosa del padre orgulloso y dos señores de mediana edad se levantan y saludan sin más importancia, hasta que mi padre les dice:
–Y esta es mi hija, Amanda, la de las tres carreras.
Y de pronto el más mayor de los dos ejecutivos con pinta de babosos espeta sorprendido:
–Pero coño, Don Padre de Amanda, pero … ¡si es guapa!
Sobra decir que mi padre debió pintarme como una superdotada, porque aquel hombre estaba absolutamente anonadado de ver a una mujer con cierto atractivo físico. Obviamente, en su cerebro cincuentón, no cabía otra posibilidad de que la niña lista del Señor Experto en Fiscalidad, fuera fea de los cojones.

Foto: Cortesía & © by Konstantin Dahlem

 
Publicado por Amanda a las 05:00

Respuestas
23 Noviembre 2007 - 08:42
Angel
Me divirtío mucho este post y es tan cierto... Un beso.

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