Leyendo la noticia que comenta la forma en que el rey Juan Carlos de España, exasperado, le pegó un grito y lo paró en seco al levantisco presidente Chávez, de Venezuela, en la sesión plenaria de la XVII Cumbre Iberoamericana, me acordé de esa mañana en el hospital.
Resulta que esa mañana había llegado yo al hospital en uno de esos días en los que el deseo parece amanecer más temprano que uno, con ganas de llevar a la práctica algún travieso jueguito mañanero y me fui directamente al dormitorio de médicos, donde sabía que me estaba esperando mi “cuchi-cuchi”, siempre tan bien dispuesto él, y especialmente por la mañana.
¿Se percataron que a la mañana en los hombres tiene un “algo” muy especial? ¿Será como dicen que el dormir de espaldas calienta los riñones? ¿O es que los hombres, más descansados, se ponen más duritos a esa hora? Lo que sea. El caso es que las mañanas, desde que empecé mi vida sexual, tuvieron ese no-sé-qué de especial que tanto me sigue gustando.
Así que entré al dormitorio en puntillas y allí estaba, mi amante mañanero, durmiendo como un bebé. Me dio tanta ternura, que me saqué la ropa sin hacer ruido en un plis-plas –como dice Amanda–, y después deslicé mis manitos por debajo de la colcha y las sábanas hasta que encontré mi objeto de deseo y empecé a hacerle el tratamiento que merecía.
Los resultados no se hicieron esperar.
–¿Eh, eh? –dijo, abriendo los ojos, todo despeinado y adormilado, pero con su juguetito duro y tentador haciendo carpita debajo de la ropa de cama.
–Shhhhh.... –que vas a despertar a todo el hospital–. Quietito. Deja que la nena está jugando con su “tete”.
–Mmmm –dijo, cuando me dio la angustia oral y además de las manos empecé a usar la boca.
Y bueno, ¿qué quieren? La carne es débil.
Manito va. Besito viene y la situación ya no daba para más, de manera que me monté sobre su pelvis preparada para jugar al caballito cuando de repente...
–¡Equipo de guardia a quirófano! ¡Se requiere la presencia del equipo de guardia en el quirófano con urgencia! –el maldito micrófono llamando y, al mismo tiempo, el “busca” de él haciendo “bip-bip-bip” en algún bolsillo de la ropa.
Una urgencia.
–¡Me cago en las urgencias! –dijo, y los dos pegamos un salto al mismo tiempo.
Zambullirse dentro del ambo y quedarse con las ganas, fue todo en uno.
“¡Ah, no!”, pensé. “Esto no queda así”.
–Bebé, vuelvo en un rato –dijo, poniéndose los mocasines.
–Voy con vos y te ayudo, así volvés más rápido –le contesté, calzándome el ambo yo también.
Nos cruzamos con La Enana que salía del baño con cara de necesitar reconstituirse un poco por haber pasado una noche despierta y no precisamente en el quirófano.
–¿Qué pasa, che? ¿La urgencia es para ustedes? –preguntó.
–Para él –le grité sin dejar de correr por el pasillo–. Voy a hacerle el aguante.
Diagnóstico: fractura de rodilla expuesta –también conocida como herida grave de miembro inferior–, que en materia de traumatología es una de las situaciones de más urgencia porque tiene alto riesgo de complicaciones, además de la alta posibilidad de infección.
–Accidente de tránsito –dijo Paula, entregándome las placas que ya le había hecho al paciente con su proverbial eficiencia–. Me lo dijo la chica que está con el accidentado –señaló a una joven sentada en una de las sillas del pasillo, casi en la entrada del quirófano. La chica estaba pálida como el mármol, y manoseaba compulsivamente un rosario. La pasamos de largo sin dirigirle la palabra.
–¿Me vas a hacer de asistente, Bebé? –me dijo, mientras le abrochaba la bata por detrás.
–Sí, corazón. Te voy a “asistir” en toda la operación para asegurarme que vuelvas y sigas en lo que estábamos.
–No jodas en el quirófano, ¿eh? –me advirtió, serio.
–¿Yooooooooo? –le contesté, con mi mejor cara de nena-que-se-porta-bien (Je je).
Y allá fuimos, a encontrarnos con el paciente que estaba en estado de shock neurogénico, mi cuchi-cuchi mirando las radiografías y yo preparándome para asistirlo en el tratamiento de shock.
–¿Local o general, doc? –preguntó Ana, la anestesista.
–Dale general, porque si llega a ver cómo tiene la rodilla se nos muere del susto –le indicó él, mientras yo le ataba el barbijo. Así soy yo, tan servicial como exigente y mimosa, según las circunstancias.

Marche entonces una anestesia general. El paciente tendido, la sábana cubriéndole el cuerpo y dale a empezar con el lavado y cepillado, la resección de la piel y de todos los tejidos desvitalizados, el debridamiento. Para quien no entienda la jerga médica, se trata de limpiar y ordenar la zona hecha pelota, que le dicen. Y el buen señor éste, que había tenido un choque a la mañana –justo para cortarnos un exquisito revolcón mañanero–, tenía la pierna que para qué les cuento.
Así que entre resecciones y reducciones de fractura, de mi jueguito mañanero, ni noticias.
–Dale que te ayudo –le dije, poniéndome al lado y cuando me acerqué, me di cuenta que la bata también hacía carpita–. ¡Uy! ¿Qué tenemos ahí?
–Bebé, ahora no, que es serio –me dijo, trajinando en la rodilla del tipo.
–Esto también es serio, papi... –le dije, sonriendo debajo del barbijo y tocándole el bulto con disimulo y susurrando–. ¡Ay, cosita! ¡Mirá cómo la tenés!
–Así no puedo, dulce, terminala –insistió, pero no muy convencido.
Así que aproveché para otro roce de deditos en esa protuberancia que era una promesa de placeres inconclusos.
Y en ese momento, cuando mi cuchi-cuchi estaba enfrascado en su rodilla y yo en tocarle el pitito, llegó hasta nosotros un murmullo. Más que un murmullo, una letanía emitida por una voz de mujer que venía del otro lado de las puertas del quirófano:
“quesecurequenosemuerayvoyarezardiezavemaríasycuatropadrenuestros...”
Nos miramos.
“Padrenuestroqueestásenloscielossantificadosea....”
–¡Uh! ¿Qué es ese ruido? –gruñó mi
cuchi-cuchi, poniendo en evidencia un humor de perros. Y
tenía razón, el pobre. Yo lo había despertado con mimitos, y cuando estábamos por pasar a mayores, la urgencia. Y así, medio dormido, con una erección que se empeñaba en quedarse adonde estaba y sin desayunar, empezar la operación. Era un poco demasiado para una sola mañana.
“Así tampoco puedo seguir acariciándote el paquetito, mi vida” –me dije.
–¿Alguien puede salir y decirle que se vaya? –dije.
Ninguno de los presentes se dio por aludido y siguieron cada uno en lo suyo.
Él volvió a concentrarse en la
pierna del accidentado y yo, intentando no escuchar los rezos, a concentrarme en
su tremenda erección.
Pero la voz seguía ahí, monótona, desgranando una tras otra las oraciones del rosario.
“yhágasetuvoluntadasíenelcielocomoenlatierra...”
Esa fue la gota que rebalsó el vaso.
–¡Así no puedo trabajar! –gritó mi bombonazo, totalmente sacado. Tiró las pinzas que tenía en la mano en la bandeja metálica y caminó hasta la puerta batiente, la abrió con el codo, sacó la cabeza afuera y escuchamos:
–¿Por qué no te callás?
Y a continuación se hizo un silencio de iglesia vacía.
Volvió a la mesa de operaciones y siguió con lo suyo y yo con lo mío, que fue ayudarlo a finalizar lo más rápido posible con la intervención que terminó bien y sin escuchar otro ruido que el del instrumental.
Tengo que decir que conseguí que
cambiara el humor, y a mí no me gritó cuando en la cama de la habitación de médicos, empecé con mis jadeos y con las guarradas que se me da por decir en esos momentos comprometidos, mientras terminábamos lo que habíamos empezado y dejado inconcluso.