“Impara l’arte e mettila da parte”
Proverbio italiano
Al culminar el segundo semestre de mis estudios de idiomas modernos tenía un nivel de inglés muy bueno y llevaba excelentes notas en castellano. Sin embargo, mis conocimientos de italiano dejaban mucho que desear y estaba a punto de arrepentirme de no haber escogido francés como tercer idioma, porque así al menos alguno de mis parientes hubiese podido ayudarme. Pensé en tomar un curso de verano a fin de mejorar mi italiano, pero por suerte a última hora desistí de la idea y me marché con mi familia a la Isla de Margarita a pasar vacaciones.
Digo “por suerte” porque un día se me cruzó por el camino un italiano guapísimo y sensual que me enseñó mucho más de lo que hubiese podido aprender de haberme quedado en Caracas repitiendo frases sosas, luchando con conjugaciones verbales y memorizando consonantes dobles durante dos meses. Lo mejor de todo es que sus enseñanzas no se limitaron al campo lingüístico, sino que me instruyó en algo que me sería muy útil y placentero por el resto de mi vida.
Estaba en la playa echada sobre una silla de extensión tomando el sol, cuando un chico al que había visto un par de veces se me acercó y hablando algo que sólo puedo calificar como itañol me preguntó si tenía una aguja. Le respondí en italiano, tratando de que no sonara tan chapuceado. Al instante sus ojos grises-azulados se iluminaron, me regaló una sonrisa entre pícara y dulce que me encantó y se lanzó con una perorata de la cual yo apenas podía captar una que otra palabra. Lo interrumpí para explicarle que sí sabía algo de su lengua materna, pero que por favor me hablara despacio.
Pude entender que se había clavado una espina o astilla de madera en el dedo, así que necesitaba un instrumento filoso y delgado para extraerla. Por supuesto yo no tenía una aguja a orillas del mar, pero sabía que mi mamá sí guardaba varias en su costurero. Le dije a Andrea –que así se llamaba el muchacho–, que me diera unos minutos e iría a la habitación del hotel a buscar una para ayudarlo a sacarse aquello que lo molestaba.
Regresé armada con un mini equipo de primeros auxilios. En pocos minutos entre ambos realizamos la extracción. Vi que la pequeña herida sangraba un poco y por puro instinto me llevé el dedo de Andrea a la boca y chupé. Él dio un respingo, sorprendido, e incluso noté que estaba turbado, pero cuando le pregunté si le había hecho daño, le restó importancia al asunto y desvió la conversación hacia otros temas.
Desde ese día y por el mes que restaba de las vacaciones nos volvimos inseparables. Íbamos a la playa desde tempranas horas de la mañana, salíamos de paseo por la tarde y en las noches nos escapábamos a las discotecas vecinas para bailar hasta el amanecer. Tanto su familia como la mía estaban muy preocupadas por todo el tiempo que pasábamos juntos, ya que era fácil imaginarse que siendo jóvenes y atractivos la relación iría más allá de la amistad. Como en efecto sucedió.
Porque además Andrea era uno de esos muchachos que llamaban la atención donde quiera que se pararan: era bastante alto, su piel estaba bronceada por completo y tenía un cuerpo bien proporcionado, de contextura atlética sin llegar a parecer un adefesio de gimnasio. El cabello largo le caía en rizos sobre la espalda ancha y musculosa.
A pesar de toda su apostura no era presumido; por el contrario, hacía gala de una sencillez que causaba sorpresa y alejaba a las numerosas chicas que se le acercaban en plan de diva seductora. Quizás caminaba con cierto desgarbo, pero con sus cualidades y el diminuto traje de baño que usaba, bien podía ser jorobado que nadie lo notaría.
Una de esas madrugadas que regresábamos de bailar, desvió hacia un mirador el auto que nos habían prestado, lo estacionó, se acercó a mí y buscó mis labios. Estuvimos un rato besándonos, estrechamente abrazados. De pronto, Andrea se detuvo, se apartó un poco de mí y, sonriendo de una manera extraña, deslizó su dedo índice a lo largo de mis labios.

Me agradaba aquel toque ligero, suave y tímido, casi etéreo. Así que cerré los ojos, eché la cabeza hacia atrás y me entregué a sus caricias. Poco a poco Andrea fue aumentando la presión e incursionando cada vez más dentro de mi boca. Yo estiraba la lengua para juguetear con él o la apartaba para franquearle el camino. Cuando me animé a fruncir los labios para chuparlo, Andrea me dijo al oído:
–E se al posto del dito metto un’altra cosa?
–¿Qué vas a meter? –le pregunté sorprendida.
A modo de respuesta tomó mi mano y la puso en su entrepierna. Por encima del pantalón noté el bulto duro y caliente de su sexo. Sentí algo de temor, porque aunque sabía que la felación era una práctica común, hasta ese momento yo nunca la había hecho y se lo dije:
–Pero yo nunca…
–Sshhh –me dijo Andrea, agregando en un susurro mientras se abría la bragueta –: Io ti dico come fare.
Gracias a su paciencia y sapiencia, aquella noche aprendí que el delicioso acto de tomar un falo en la boca y succionarlo se llama pompino en italiano y a colocar los labios de modo tal de no lastimar la sonrosada y húmeda cappella. Supe que al pasar la lengua por éste o aquel pliegue, el frenillo o a lo largo del asta producía distintos gemidos o suspiros. Entendí que al juguetear con sus palle mientras lamía o chupaba provocaba el éxtasis de Andrea, que entre una y otra instrucción intercalaba una frase con la cual seguiría llamándome por mucho tiempo: “Mia dolce pompinara”. Descifré lo que quería decirme cuando, ya sin poder hablar, me tomó por los cabellos y empujó mi cabeza para que sintiera su cazzo temblar e inflarse, a punto de vaciarse en mi boca.
Foto: “Daniela” Cortesía & © by Giuseppe Sarcinella