Cada vez que me dices “Puta”
se hace tu cerebro más pequeño.
Malo, Bebé
Era mala. Por eso, en vista de su incapacidad para crear algo digno, con estúpido afán se esforzaba en tratar de destruir lo que aquellas personas –blancos de sus ataques- construían día a día con amor. Esas interminables horas que pasaba diariamente sentada frente al computador –esculcando la vida ajena, revisando armarios en busca de esqueletos inexistentes y leyendo viejos archivos– bien hubiese podido dedicarlas a intentar escribir, si es que sus arremetidas se debían a la envidia que le causaban posts, relatos y poemas publicados en un blog hecho con esmero.
Acusaba a los demás de mentir y utilizar seudónimos, cuando ella misma tenía tanto que esconder que cada día inventaba un nuevo apodo tras el cual ocultar su ruindad. Porque sin duda hasta su nombre le resultaba revulsivo y se apropiaba de características de las cuales carecía –como la bondad– o se autodenominaba como ese otro ángel que hubiese querido ser.
Al hacerlo creía que sabía jugar con las palabras; no obstante, el nombre detrás del cual más se escudaba era Alma, que –al recomponer las letras, como en un anagrama– decía justamente lo que era, es y será: m-a-l-a.
Era tan mala como un espectro vagando por oscuros pasillos o amparado a la sombra de portales desvencijados creyendo espantar a quienes pasaran por ahí. Sin embargo, sus gritos fantasmales no causaban miedo sino un hondo pesar a quienes los escuchaban, porque aquellos lamentos sólo hablaban de su infinita e irremediable soledad.
¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que alguien la besara, le susurrara una terneza o tan siquiera le dijera un piropo al pasar? ¿Daría hasta lo que no tenía porque alguien la abrazara y la hiciera sentir viva aunque fuera sólo una vez? ¿Ansiaba el continente de un pecho masculino sobre el cual reposar su putrefacta cabeza? ¿Cómo hacer con la calentura que le provocaban esas historias eróticas que devoraba como una posesa si no tenía nadie que la apagara?
Pues en todo esto había algo muy cierto: como buena amargada que era, sus acusaciones contra Ángel, Simón y Anamar eran producto de todo aquello que en sus fantasías ella imaginaba que éstos hacían y ella tanto hubiera querido probar, pero no se atrevía. No lo hacía porque la culpa, el miedo y la mezquindad no se lo permitían. Entonces intentaba separar con sus mentiras a unos seres que se amaban, ya que en su reseco corazón no había espacio alguno para la generosidad. Y al saberse ignorada arremetía contra la otra, cubriéndola de rasgos que anhelaba para sí misma.
Era mala pero no tenía la inteligencia suficiente para ser perversa. De allí que cuando no se atrevía a hablar por boca propia se inventara aliados, espías, colegas y compinches, aunque declamaba –de la boca para afuera–, que no le gustaba la complicidad. O que pretendiera insultar lanzando epítetos que resbalaban a quienes iban dirigidos, porque –aunque a ella le pareciera insólito– habrá quienes prefieran que las llamen “puta”, porque disfrutan de la vida, la comida, la bebida y el sexo, a ser “señoras de cuello blanco”, constipadas e insatisfechas, anhelantes de un buen revolcón.
¿Acaso no sabía que las relaciones sexuales
–sí, incluso esas cibernéticas que tanto parecían obsesionarla y en las cuales
obviamente era una experta– cuando son consensuadas entre dos adultos son asunto
de las personas involucradas en ellas y que inmiscuirse en la vida de los demás
es un delito penado por la ley? No, ¡qué iba a saberlo! La ponzoña que llevaba
dentro de sí no la dejaba ver ni oír y mucho menos hablar, se limitaba a sembrar
cizaña e intentar causar la mayor destrucción posible.
Ni cuenta se daba de que sus aguijones malsanos eran extirpados de un manotazo y que la herían únicamente a ella.
Respiraba celosa por la herida al criticar relatos que habría deseado escribir, al enviar saludos desde países que seguramente soñaba visitar o al negarles a los demás títulos universitarios que hubiese querido tener. Sabía que sus contendientes estaban muy por encima de ella tanto en calidad humana como en cultura y no le quedó más remedio que arrastrarse entre las aguas infectas de la calumnia y la mentira. De haber sido inteligente, hoy estaríamos de tú a tú; pero optó por la vía fácil. Reptar, como las alimañas.

Era mala. O al menos pretendía serlo…
Porque es justo reconocer que –canalla al fin–, como mala era pésima.
Y cuando sucumbió ahogada en su propio veneno –después de desearnos tantas veces la muerte a quienes ella misma eligió como enemigos gratuitos y víctimas de su vileza–, terminó siendo un alma en pena, como todos los infames.
Hoy lunes, día de las ánimas, prendamos una vela por ella.
Foto: Cortesía & © by José Manchado