Hace un tiempo, pasé por una de esas excepcionales etapas en mi vida en que me apetecía tener pareja. Supongo que por eso conocí a Ramón y me enamoré de él. Y supongo que por eso también, pasé por alto muchos de los elementos en los que yo habitualmente me detendría a la hora de enamorarme.
Que el amor es ciego, lo sabemos todos. Pero cuando eliges pareja o crees que necesitas elegirla, más que ciega lo que eres es tuerta, y con un ojo no ves pero con el otro escrudiñas, haciéndote preguntas como: “¿Me veo yo felizmente enamorada de este tipo?” Así que el ojo que todo lo ve le ponía mil pegas a Ramón: demasiado mayor, demasiado pasado, demasiado complicado, demasiadas preguntas, y demasiado poco estereotipado en mi concepto del físico ideal masculino.
Pero mediaba mi ojo ciego, anhelante de pareja, para dejar de lado los demasiados y reconfortarme en su inteligencia, cariño, protección, entrega, amor y, sorprendentemente para ser uno de mis amantes, su deseo de pasar conmigo el resto de sus días.
La relación fue complicada desde el primer momento: supongo que veía demasiado bien y la ceguera era sólo ocasional, surgiendo en aquellos momentos en que Ramón me decía que me amaba y sonreía, justo antes de hacerme el amor y follarme como a una perra, que la cursilería no va reñida con hacer un poco el guarro.

Después de muchos quebraderos de cabeza, me planteé seriamente instalarme en su piso en finca regia, ciento ochenta metros cuadrados, todo exterior, con cocina y baños reformados. Y en esas estábamos, haciendo números, apenas unos meses después de empezar lo nuestro, cuando Ramón empezó a presentar una nueva faceta que rozaba los celos enfermizos.
Quería que me mudara cuanto antes, llamaba todos los días para asegurarse de que había regresado a mi casa tras abandonar la suya, preguntaba cosas como: “¿Y quién es ese Pablo con quien tomaste café ayer?” o miraba por encima de mi hombro cuando recibía un sms y me aprestaba a leerlo.
Un día de un fin de semana, después de hacer una de esas guarradas que tanto nos gustaban, con botella de cava incluida para regar mis pezones, Ramón encendió un cigarrillo y preguntó:
–A ti no te gusta nadie más que yo, ¿verdad Amanda?
–Ya sabes que sí: amo a Keanu Reeves por encima de todas las cosas.
–Hablo en serio.
–La pregunta no procede, cariño. Nos vamos a vivir juntos en unas semanas… ¿Crees que daría un paso así si anduviera tonteando con Keanu Reeves?
–Y dale con el chino ese.
–No es chino, es hawaiano. Y si estuviera tonteando con él, lo siento, querido, pero te ibas a quedar aquí tu solo con el cava.
–Amanda, ¿tú te crees que yo soy imbécil?
La pregunta no seguía los derroteros divertidos e irónicos que mi conversación había elegido seguir.
–No te entiendo.
–Entré en tu Hotmail, y vi lo que habías escrito acerca de Pablo. ¿Crees que puedes mentirme?
–¿Qué hiciste qué?
–Sí, ya sé que está mal, pero no es tan complicado adivinar tus contraseñas, no eres tan lista. Y ahora que sabes que lo sé, ¿qué tienes que decir al respecto?
Me sentí violada, desnuda, desprovista de pronto de mi libertad . Los mails que mandaba a mis amigas, a mi familia, aquellos momentos que sólo me pertenecían, aquellas opiniones que sólo compartía con quien yo había querido elegir, mi elección de decidir qué quiero comunicar y qué no quiero comunicar, la libertad de decidir de qué hablar y con quién… todo, al desnudo, a merced de quien, sin permiso y sin duda con la frivolidad de los celos y la enfermedad del saber por encima de la decisiones del otro, se había permitido invadir el único espacio que no compartía con él.
Al observar mi silencio, dijo:
–Mira, lo siento, Amanda, pero había cosas que no me cuadraban. Y tenía que saber la verdad antes de dar el paso de convivir contigo. Sé que no está bien, sé que quizás no debería haberlo hecho, pero necesitaba saberlo. Y lo que descubrí es que le contabas a una amiga que te ponía el tal Pablo, el mismo con el que, curiosamente, te vas a tomar café cada dos por tres. ¿No crees que merezco saberlo todo?
No. Elegir contar o no contar es una elección que pertenece a quien habla, no a quien escucha. Es algo que forma parte de la libertad más extendida, la de expresar, la de decir, la de callar o la de contarlo todo.
No. Nadie “merece” saberlo todo. Sólo pertenece a quien habla la decisión de elegir quién lo sabrá todo, y quién no.
–Amanda, coño, habla.
Por supuesto, nunca más pronuncié con Ramón palabra alguna. Se cansó de mandarme mensajes pidiendo perdón, de llamarme insistentemente día sí y noche también, a las tres semanas.
Lo único que no consigo recordar en toda esta historia es quién coño era Pablo.
Foto: Cortesía & © by Ellington