Llevábamos tres días los tres juntos y eran las tres de la mañana. Mauri estaba encendiendo un cigarrillo y David acababa su copa mientras me susurraba entre músicas que aquella noche yo estaba especialmente apetecible. (Tú también, jodido: me encienden esos vaqueros puestos casi tanto como para desear quitártelos).
Nunca me había ido de vacaciones con dos hombres solteros estando soltera. Mis vacaciones de soltera las comparto con mis amigas solteras, y entretiempo tratamos de sentirnos un poco menos solteras y follarnos todo lo que podamos. Incluso intentamos enamorarnos en esas vacaciones, para poder consolidar nuestros polvos más allá de simples intercambios consecuencia de emociones alcoholizadas.
Pero aquel verano nos cayó así a los tres: estábamos solos, estábamos aburridos, y estábamos decididos a pegarnos el verano de nuestras vidas, y a hacerlos juntos.
Mauri sabía que entre David y yo había habido más que amistad. Cinco años antes, tras una borrachera descomunal, habíamos acabado mal follando en su piso. Yo se lo había contado a Mauri, y David se lo había contado a Mauri. Pero David y yo nunca habíamos hablado de aquella noche en cinco años.
A veces, cuando salíamos a cenar o quedábamos para tomarnos unas copas, pensaba que entre David y yo acabaría saliendo aquella conversación que ni siquiera teníamos pendiente. Pero no sucedía. Hablábamos de sus novias, sus rollos y sus amantes. Y de mis novios, mis rollos y mis amantes. Y nos reíamos como lo que éramos: dos buenos amigos.
Pero esa noche, a esa hora, y después de compartir la habitación durante tres noches en aquel maravilloso pueblo de la costa andaluza, surgió.
Sonaba algo techno, el bar estaba abarrotado, los tres lucíamos un moreno espectacular y una felicidad que debiera ser obligada en vacaciones. David se acercaba cada vez a mí, me roneaba, me intentaba, me buscaba:
–Podríamos repetir.
–Sí.
Daba igual que lleváramos tanto tiempo sin hablar de ello: los dos sabíamos perfectamente en qué estábamos pensando.
Dejamos a Mauri en el bar ligando con una rubia con cara de guiri. Y llegamos al hotel.
–Corre –dijo David–, despelótate en el ascensor. O nos pillará Mauri justo cuando esté provocándote tu segundo orgasmo con mi lengua.
–¿Y el primero?
–Con mi polla.
Nos morreamos tan fuerte en el ascensor, que una pareja prefirió dejar que se cerrasen las puertas y esperar a que volviera a bajar. Me subió la falda mientras me besaba contra la pared de espejos, me bajó las bragas y me pidió que me las sacara y se las diera.
Tardé dos segundos en sacarlas de entre mis sandalias blancas de tacón. Dejó de besarme y tomó las bragas hasta su rostro hasta olerlas: aquello me excitó tanto que le pedí volviera a hacerlo.
Saliendo del ascensor me pidió que le dejara metérmela apoyada en la pared del pasillo del hotel de espaldas a él.
–Necesito follarte –repetía.
No pudimos cumplir su fantasía porque nos sorprendieron antes de iniciarla una parejita que hablaban en francés –“¡Oh lá lá!”–. Entrando en la habitación, parecíamos dos enamorados, dos amantes, dos locos: nos tocábamos atropelladamente, nos besábamos, nos volvíamos a tocar, volvíamos a besarnos, susurrábamos nuestros nombres “¡Oh David, te deseo, te deseo dentro de mí”. “Amanda, Amanda, cinco años esperando este momento…”

Y así acabamos, desnudos completamente, mordisqueándonos pechos, pezones, clítoris, polla, labios, nariz, orejas y a la cama y todo era pasión y expectación, placer, morbo, deseo.
Y entonces, de pronto, David dijo:
–Vístete.
–¿Prefieres hacerme el amor vestida, guarrillo?
–No. Hablo en serio. Vístete.
–No jodas.
–Te quiero, Amanda. Te quiero como nunca he querido a nadie. Te quiero porque eres mi amiga, mi cómplice, mi fantasía.
–Y yo, cielo, anda, ven, déjame que tome a tu hermanito y le cante una serenata bien cerca.
Se levantó cabreado.
–Para, ¡coño!
–Oye guapo, ¡te calmas!
–No, no. No me puedo calmar. Estoy como una puta moto. Estoy deseando correrme en tu cara, en tus tetas, follarte como a una perra, besarte toda la noche y volver a follar otra vez. Pero te quiero, coño. Y por nada del mundo quisiera que un polvo alocado entre tú y yo jodiera lo que tengo contigo.
–Mira, David. No sé qué coño de problema tienes. Pero ya hemos follado. Y hemos seguido siendo amigos durante cinco años sin que fuera un problema entre tú y yo.
–Para ti quizás no lo fuera. Pero para mí lo fue durante mucho tiempo. No dejaba de pensar en ti, en aquella noche. Como en la noche de hoy. Tu cuerpo, tu sexo, tus orgasmos. Esos gemidos que haces al correrte, jodida, resonaban constantemente mientras te escuchaba hablar de Cristóbal o de Pepo o de su puta madre. ¿No lo entiendes?
–No. Pero aunque lo entendiera, no conseguiría excitarme contigo hoy hicieras lo que hicieras.
Y me vestí. Salí a fumar un cigarrillo a tiempo de encontrarme con Mauri que regresaba tambaleándose sin rubia alguna.
De esa noche, Mauri nunca supo nada. Ni David ni yo se lo contamos. En cambio se abrió una especie de diálogo entre David y yo respecto a aquello.
Nunca hablamos de la noche en que follamos, pero tres años después, seguimos hablando de la noche en que no lo hicimos.
Foto: Cortesía & © by Marcus Lindner