Mi árbol de Navidad me estará esperando esta noche. Lo sé. Porque sé de la fortaleza de su tronco, del brillo de sus hojas, del intenso aroma de su madera y del olor de su resina. Porque puedo percibir lo que significa haberlo encontrado en un bosque tan grande y tan oscuro como muchos momentos de mi vida.
Esta noche quiero tomar de mi árbol de Navidad tres esferas luminosas con mis manos y ofrecértelas. Sí. Dártelas, seas quien seas. Aunque no te haya visto en toda mi vida y no sepa de tu existencia nada más que por lo que indica el contador de este blog.
Quiero hacerte este regalo y quiero que el mío sea una oportunidad más de poder vivir mi vida con dignidad, en plenitud y en armonía con mi propio yo interior y con las leyes que rigen ese misterio inasible que llamamos universo.
Deseo llenar esas tres esferas luminosas con estas letras y compartirlas con todos aquellos que, de una u otra manera, pasaron por mi vida y se cruzaron en mi camino para que, mientras se va desvaneciendo la chispa de la Navidad, este regalo mío encienda la del Año Nuevo.
Porque esta noche –la última del año que se va, y la primera del año que viene–, tiene la magia peculiar de lo instantáneo, como una alegoría de la vida, a la que un ser muy querido por mí define como una finita sucesión de instantes. El instante en que se va un año y empieza otro es el dueño de la magia que se manifiesta en los deseos que acompañan a cada una de las doce uvas, la copa en alto para el brindis, el estrépito de los petardos y el despliegue de colores de los fuegos artificiales en el cielo que ayudan a las estrellas a iluminar la oscuridad, como metáfora de la esperanza.

Es mi deseo –y lo dejo encerrado en estas tres esferas luminosas sacadas de mi árbol–, que este año todos podamos mirarnos al espejo sin reticencia y sonreírle a nuestra propia imagen con la certidumbre que da la integridad. Que cada instante de este nuevo año nos muestren el camino a seguir para ser mejores seres humanos y nos otorgue la dicha indefinible de amar y sentirnos amados.
Que esas doce campanadas que a mí me emocionan, me inspiran, me humedecen los ojos y me hacen respirar hondo, sean el anticipo del llamado a la puerta del hogar de todos, porque quien golpea es la esperanza, que nos visita una vez más, y debemos invitarla a entrar, recibirla, agasajarla y ser para ella, los mejores anfitriones.
Que en ese instante impreciso, tan delgado como un sueño, estas esferas brillen para todos con más intensidad y nos iluminen el alma y la mente para poder dejar atrás en paz al pasado y mirar con anhelo hacia el futuro.
No quiero volver a colgarlas de mi árbol de Navidad pensando que puedes necesitarla tú, seas quien seas. Ven, tómala, compártela con nosotros... te la regalo. Ahora, también es tuya, incorpórala a tu arbolito y cuando den las doce campanadas zámpate doce uvas o pide tres deseos pero pídelos con ahínco, con fe, con ilusión, para que también iluminen tu vida.
Por mi parte pido amor, serenidad, comprensión, respeto, sonrisas, libertad, confianza, ilusiones, sabiduría, paz, prosperidad y esos pequeños destellos de felicidad que nos son dados en la vida. Para mí y para todos mis compañeros de este rinconcito virtual en el cual me hicieron un lugar.
Muy especialmente a Simon, ese hombre que me regaló la mayor parte de esos deseos y tres esferas luminosas muy especiales: la del amor, la de la pasión, la de la comprensión.
Para Anamar, mi dulce amiga a quien conocí en el año viejo y de cuya amistad deseo seguir disfrutando en el que hoy comienza.
Para Amanda, porque aprendí de sus reflexiones y me divertí con su manera de contarlas. Para Silvia, guía y amiga, que me enseñó los trucos de poner una palabra detrás de la otra, y por su paciencia.
Por supuesto también para Monserrat y Belita, el Sexólogo y Lucía, Guadalupe, Pablo y Lulú, que me cedió su espacio.
Para nuestro director general, tan parco en palabras como generoso en sus actos. Para nuestra secretaria que nos acompañó casi hasta el final del año. Para Jimmy, ese simpático travieso.
Y dejo para el final al Gran Cabronazo. Sí, para él muy especialmente mi deseo de felicidad y de que no cambie esa humildad que lo define... la que sólo tienen los grandes de espíritu.
Naturalmente también y con gratitud, para nuestros lectores, entre los cuales pensaba citar a algunos en especial pero decidí que no, porque no sería justo, porque temo olvidarme de alguno.
Para todos
entonces, compañeros, amigos y lectores, que el Año Nuevo los sorprenda con el paraguas roto para que la lluvia de paz, prosperidad y felicidad los salpique, los moje y los empape de bendiciones.
Desde lo mejor de mi corazón:
¡FELIZ AÑO NUEVO!
Ángel
Foto: “Light” Cortesía & © by Tiavir