Mis manos
abren las cortinas de tu ser
te visten con otra desnudez
descubren los cuerpos de tu cuerpo.
Mis manos
inventan otro cuerpo a tu cuerpo.
Palpar, Octavio Paz
Si tuviera que escoger cuál es la parte de tu cuerpo que más me gusta, me atrae y me excita, tendría que tomar cada una e ir juntando las piezas como si se tratara de armar un rompecabezas.
Tus manos, por ejemplo, ejercen una fascinación especial en mí. Siempre que las mueves con gracia viril para dar énfasis a tus palabras no puedo apartar mis ojos de ellas y las sigo por donde van. Y al posarlas sobre mi piel se me ocurre la idea de que son las manos de un mago que va sacando de su chistera trucos de prestidigitador para inflamarme de deseo.
Lo mismo sucede con tus brazos, ramas de árbol que me trasmiten fuerza y protección. Generoso los abres para invitarme a franquear la entrada que me conduce al cofre de tus tesoros. Siento la ternura cuando los cierras en torno a mí y la sensualidad cuando adivinas el momento oportuno para sostenerme entre ellos, a medida que el ramalazo de un orgasmo me cimbra de pies a cabeza.

¿Y qué decir de tu pecho amplio y noble? En él escucho latir tu corazón, palpitando casi siempre sosegado y a ratos retumbando desbocado, cual potro salvaje en la llanura.
Tu pecho es la playa en la que reposo mi cabeza cansada luego de una zambullida en tu mar proceloso y el dulce refugio que me acoge con amor en esas ocasiones en que busco consuelo.
Sin olvidarme del epicentro de tu cuerpo. Allí donde se yergue enhiesta esa torre de carne con las intenciones de perderse en mis troneras. El ariete con que libras tus combates. El estandarte que orgulloso dejas flamear para que baje mis defensas y le rinda los honores que merece.
Las columnas de tus piernas largas y estilizadas que acostumbras meter entre las mías, tanto para encenderme como para reposar. Dos soportes que al igual que te acercan, en un instante te alejan. Boas constrictoras que se cierran alrededor de mi cintura y mudamente me indican que no te suelte, que apriete con más fuerza.
Esa rodilla que hincas humilde en el suelo para colocarte a la altura de mi sexo y ofrendarme el regalo de tus labios. Articulación que al doblarse es a mí a quien hace implorar piedad al desfallecer bajo el castigo de tu lengua.
Y después de todo esto, aún quedan esos labios tuyos que son en tiempos diferentes inicio y final de mi lujuria, tus ojos que al conseguirme me pierden y un par de pies sobre los cuales derramo mil besos, millones de caricias y mi amor infinito.
Foto: “Pedacos” Cortesía & © by Edu