El placer del voyeur se escribe con letras sigilosas y en el mutismo más absoluto. Ella lo sabe, por eso ha cerrado la puerta tras de sí, sin permitirle el paso al interior de la habitación.
Lo odia, por eso le divierte saber que esta ahí contemplándola, sabe que él quisiera poder irse, dejarla atrás, olvidarla, que se siente un ser despreciable y egocéntrico pero que sigue enganchado y a pesar del dolor que le provoca saber que ella, sin duda, es el peor de sus males, un espíritu protervo jugando con sus perversiones, la peor, la mas despreciable de las mujeres, no puede apartar su vista de aquella escena.

María se suelta el cabello que cae en cascada, se quita el vestido dejando, por único atuendo, el collar de perlas. Apoya uno de sus pies sobre el borde de la cama dejando un muslo expuesto y el siguiente movimiento será quitarse, con parsimonia.
Lo próximo será caminar desnuda hacia la cerradura, cada vez más cercana, permitiéndole contemplar su figura, sus pechos satinados y erguidos, su vientre hermoso, sus bellas piernas esculturales y su pubis rasurado.
Justo en el momento en que ella este a punto de alcanzar la puerta se detendrá un instante. La mano de él habrá alcanzado en ese momento su sexo y ella habrá hecho lo propio con el suyo?
Entonces las llaves volverán a cerrar esa ventana al paraíso. Y ambos seguirán odiándose uno a cada lado de la puerta gimiéndose en la más desesperante de las soledades.
Foto: Cortesía & © by Kate Cymmer