En un beso, sabrás todo lo que he callado...
Pablo Neruda
Tus besos tiernos, dulces, apasionados, apremiantes, húmedos, lascivos y también, balsámicos.
Sí, así son, sedativos. Restañan heridas y calman el dolor. En dosis justas y con un prospecto que has escrito durante toda tu vida, yo disfruto de ellos y los acepto todos juntos sin temor a contraindicaciones.
Siento cómo me refrescan después que una lagrima de emoción rueda por mi mejilla. Cómo me enardecen cuando siguen el camino, alocados, buscando mi boca donde llegan para fundirse en mis labios –mientras susurro un “Te amo”–, sin temor.
Son un sedante para los moretones del cuerpo y las heridas del alma.

Tus besos refrescantes.
Esos, en los que se combina el placer de los sentidos del gusto, del tacto y del olfato. Si con cada sentido, por separado provocan en mí la más intensa reacción emocional, con los tres juntos logran transportarme al séptimo cielo...
Y ahí es donde me quedo siendo tu Angel, sintiéndote mi Angel. En ese lugar que elegimos para amarnos y despojarnos de las alas... En un viaje corto pero muy intenso.
Donde ambos nos prodigamos del mismo cuidado y nos protegemos del mismo demonio.
Pero cuando esos mismos besos recorren mi cuerpo de Norte a Sur y de Este a Oeste es cuando necesito tener a mano la brújula para encontrarme, por que me pierden, me pueden, me dominan, me dejan a la deriva en un mar de amor, manso y quieto, donde puedo experimentar la maravillosa sensación de flotar, sin miedo a ahogarme.
Tus besos son esa puerta hacia el placer, el disfrute que sólo algunos logran abrir con tanta maestría.
Mi alma puede hablarte con mis ojos ¿ves? Logras entenderme mientras puedes besarme con la mirada...
Tus besos refrescantes, amor de Angel me provocan una desatinada adicción...
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Foto: Cortesía & © by Martin Kovalik