Colección Voyeur

Lunes 14 de Enero de 2008
El Conde Drácula I

Tu boca viene a mí, sólo tu boca.
Viene volando,
libélula de sangre, llamarada
que enciende ésta, mi noche de ceniza.
“De círculo y ceniza”, Piedad Bonett

Sin duda alguna Steve ha sido el amante más extravagante que he tenido y ¡miren que me he liado con tantos tipos extraños que tengo mi galería personal de rarezas y curiosidades! Pero sobre éste en particular baste decir que estaba convencido de ser un vampiro y se comportaba, vivía y amaba como uno.
En su descargo debo admitir que, por la forma en que usaba la boca y los dientes, yo también llegué a creer que se trataba de una de esas criaturas afectas a clavar colmillos y chupar gargantas al amparo de la oscuridad. Así que le seguía el juego porque sus locuras no sólo me divertían, sino que además me sacaban de la rutina diaria.
Como aquella ocasión en que me convenció para que pasáramos la velada en el techo del edificio donde yo vivía. Por suerte, mi apartamento quedaba en el último piso y tenía fácil acceso a la azotea, porque de no haber sido así, ya me veía yo escalando las paredes con sogas, arneses y demás artilugios o saliendo a buscar un descampado en una ciudad tan llena de peligros como Caracas, tan solo para satisfacer los locos caprichos de este émulo del Conde Drácula , a quien se le ocurría un disparate tras otro.
Esa tarde, entre los dos preparamos una cesta con algunas cosas para picar, dos botellas de vino tinto y un par de copas. Parecía que nos dispusiéramos a hacer un picnic nocturno en el techo. Por precaución, a última hora incluí un par de cobijas gruesas para usarlas como colchón, porque la idea no era estar incómodos sino todo lo contrario, y Steve cargó el aparato de sonido portátil con varios discos compactos de música nos gustaba a ambos.
Tuvimos la fortuna de que fuera una de esas hermosas noches caraqueñas de mediados de noviembre. La temperatura estaba fresca y el cielo despejado por completo. La majestuosa montaña El Ávila parecía velar el sueño de los habitantes de esa ciudad que alguna vez fuera conocida como “la Sucursal del Cielo”, pero que con el paso de los años se había convertido en un verdadero infierno. Debido a que era domingo había menos ruido del habitual y a medianoche aún podía verse por aquí y por allá el reflejo de algún televisor encendido.
Ya encaramados en la azotea, Steve puso música, descorchó una botella y sirvió una copa para cada uno, mientras yo me echaba a contemplar las estrellas. Al entregarme la copa me dijo que no fuera perezosa y, tendiendo las manos hacia mí, me invitó a incorporarme. Apenas me puse de pie, deslizó sus manos alrededor de mi cintura y me atrajo hacia él, pegándome a su cuerpo. Comenzamos a bailar con movimientos lentos y sensuales, al ritmo de una canción de U2 que estaba de moda por aquel entonces.
Era una sensación extraña escuchar la voz ronquita de Bono saliendo por el altavoz y oír las mismas palabras cantadas a mi oído por Steve, con su fuerte acento californiano. Se creaba una especie de dicotomía que fomentaba el carácter mágico e irreal de la velada, ya bastante peculiar al tener el cielo sobre la cabeza y la ciudad a nuestro pies.
Cuando terminó la canción nos besamos durante un largo rato, disfrutando de aquel contacto que a ambos nos producía tanto placer. Nuestras bocas parecían dos seres que de pronto hubiesen cobrado vida propia y ahora se lanzaban a la aventura de explorarse con la curiosidad y la reverencia que genera lo desconocido. Comisuras, labios, lenguas, dientes, encías, paladares… todo era descubierto, recorrido y agasajado.
La boca de Steve bajó por mi cuello, lamiendo aquí y allá, mordisqueando acá y ahí, para luego posarse sobre mi yugular. Dejó sus labios entreabiertos sobre mi piel, sin moverlos, quietos; mientras la vena latía enloquecida, enviando borbotones de sangre hirviente a todo mi cuerpo. Quería pedirle que hincara los dientes, lacerara mi carne y bebiera de mí cuanto quisiera.

Pero no me dio tiempo para decirlo, porque tomó mi copa y derramó el vino por mi cuello. Sentí el líquido descendiendo por mi piel y la lengua de él lamiendo los chorritos que descendían por ella. El olor de los taninos me perforaba la pituitaria e invadía mi cerebro.
Cerré los ojos y me abandoné a aquel cúmulo de sensaciones. Steve aprovechó para quitarme la ropa y tenderme sobre las mantas.
A la mañana siguiente, contemplándome ante el espejo, cada una de las docenas de diminutas marcas violáceas, que me surcaban de la cabeza a los pies, me hacía recordar los sitios donde él había vertido vino y luego lo había libado directamente de mí.
Con su manera de ser y proceder tan singular, mi querido vampiro me demostró que existen mil formas sublimes de morir y resucitar, enseñándome que tanto la vida como el placer son infinitos.

Foto: Cortesía & © by Martin Kovalik

 
Publicado por Anamar a las 05:00

Respuestas
14 Enero 2008 - 11:05
Angel
Mi querida amiga:imposible no decirte presente desde mis playas... Es maravilloso "El Despertar Del Conde Drácula I" Me imaginè en la orilla:Un hermoso hombre se arrodilló y se inclinó sobre mí había en el una voluptuosidad deliberada que era a la vez excitante, y al arquear el cuello llegó a lamerse los labios como un animal, hasta que pude ver a la luz de la luna la humedad que brillaba en los labios escarlatas y en la roja lengua con la que se lamía los dientes rojos .. Su cabeza descendía cada vez más... cerré los ojos en éxtasis lo esperé.... Un beso mi querida amiga... Te dejo una foto reciente tomada desde mi ventanal:) http://img513.imageshack.us/my.php?image=p1060225ux6.jpg
16 Enero 2008 - 06:59
Vero
Anamar: Que cúmulo de sensaciones extraordinarias son ese tipo de besos que se dan cuando nos derraman algo sobre nuestra piel... y que placentero es dejarse llevar y entregarse.Un besote y muy buenas vibras!!!!!!!!
21 Enero 2008 - 10:19
Enviar un emailAnamar
Ángel y Vero: Muchas gracias por el tiempo dedicado a la lectura y por animarse a dejar sus comentarios. Un beso

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