The rhythm of this trembling heart
is beating like a drum.
It beats for you, it bleeds for you.
Love Song for a Vampire, Annie Lenox
En diciembre de ese año viajé a California a pasar la Navidad con Steve y al conocer a su familia entendí muchas de las rarezas de mi adorable vampiro. Ya que es justo reconocer que si él estaba chiflado, sus parientes más cercanos estaban locos de atar.
Comenzando por sus abuelos maternos, un par de adorables y venerables viejecitos que habían creado el negocio familiar: una funeraria que funcionaba ¡justo en medio de las dos casas donde habitaban ellos y los padres de Steve! Algo muy conveniente, porque si alguien moría en medio de la noche, ellos se levantaban de sus camas y se encargaban de todos los preparativos necesarios.
De allí que él y sus hermanos crecieran entre mortajas y ataúdes, viendo a sus mayores trabajando con cadáveres a altas horas de la madrugada y con el olor del formol impregnado en las paredes de sus habitaciones. En algún momento de la infancia, en su cabecita echó raíz la idea de que sus familiares eran una especie de espectros nocturnos y –como la imaginación californiana es pasto fértil para las fantasías más descabelladas–, siguió creyéndolo el resto de su vida, asumiendo para sí mismo aquel estigma familiar.
Durante esos veinte días que estuve de visita, llegó un trío de fallecidos y en las tres ocasiones los abuelitos dijeron: “Esta noche nos ocuparemos de los muertitos y tenemos mucho que hacer”, en un tono y con una sonrisa en sus rostros que producían escalofríos. Yo, por si las moscas, le echaba doble llave a la cerradura de mi puerta y rezaba la única oración que conozco: la del Ángel de la Guarda.
En cuanto a sus progenitores, ambos eran mormones practicantes, fanáticos hasta la médula y una de sus innumerables prohibiciones consistía en que yo no podía beber mi café de las mañanas, porque en su casa estaba vedado de manera terminante el consumo de bebidas estimulantes. Por supuesto, Steve y yo tampoco podíamos darnos tan siquiera un besito frente a ellos o tomarnos de las manos, porque no estábamos casados. ¿Tener relaciones sexuales? ¡Ni pensarlo! El sexo prematrimonial era uno de los peores pecados, no sólo para quienes lo practicaban sino también para quienes lo permitían bajo su techo.
Sin embargo, el veto no incluía los autos familiares, los moteles cercanos y el extenso campo de golf frente a la pompa de servicios fúnebres. Y allí era donde Steve y yo nos vengábamos de tanta censura. Por las noches nos escabullíamos como dos hampones, tomábamos alguno de los carros y nos lanzábamos a recorrer las amplias y largas autopistas californianas, luego de detenernos en una licorería a comprar los mejores vinos de los valles de Napa que encontráramos a buen precio.
La noche más memorable fue cuando nos llevamos la limusina de la funeraria y viajamos dos horas hasta ir a parar a Los Ángeles, mientras descorchábamos una botella tras otra de un exquisito Chardonnay del vecino valle de Santa Bárbara. Debo decir que si hacer el amor en un auto puede ser una experiencia muy sensual, en una limusina es el non plus ultra de las relaciones sexuales a cuatro ruedas. Pero si además te estacionas cerca del súper famoso cartel de Hollywood, con la Meca del cine ante ti y teniendo a tu lado al clon de Gary Oldman en el “Drácula” de Coppola, no puedes sino sentirte una estrella famosa.
Steve y yo recorrimos los tres compartimientos del enorme vehículo poniendo en práctica cuanta posición de los manuales eróticos pudimos recordar y sometiendo al sistema de amortiguación a una prueba exhaustiva. Comenzamos acariciándonos, besándonos y metiéndonos mano tanto en el asiento del conductor como en el del copiloto, apoyando en el elegante tablero pies o espaldas, según lo necesitáramos.
De allí pasamos a la sección intermedia, con dos asientos enfrentados y un amplio espacio en el centro. Me senté en uno de ellos, subí los pies al de enfrente y Steve se acomodó entre mis piernas a arrancarme un sinfín de orgasmos con aquellas dotes succionadoras y lamedoras que tan bien sabía utilizar. Luego cambiamos de puesto y fui yo quien se dedicó a chupar y pasar la lengua por su hombría hasta hacerlo desfallecer.

Ni cortos ni perezosos, después nos refrescamos con el vino que habíamos puesto a enfriar en el pequeño refrigerador de la limusina, brindando por lo que se nos ocurriera.
Por último, aterrizamos en la parte posterior y allí seguimos insuflando vida a aquel medio de locomoción utilizado para actos luctuosos. Estiramos piernas y brazos todo lo que pudimos para calcular la amplitud del espacio. Entre risas rodamos como dos chiquillos traviesos de aquí para allá. Steve me montó, yo lo cabalgué a mis anchas. Toda la limusina olía a nosotros, al fruto de nuestra pasión, y guardaba las huellas de nuestro encuentro.
Nunca me enteré de lo que habían dicho sus padres ni sus abuelos de nuestra travesura final, porque de allí salimos al aeropuerto para que yo tomara el avión de regreso a casa. Cuando Steve volvió a Venezuela meses después, no tuvimos tiempo de conversar sobre lo pasado, y más bien nos dedicamos a planificar y llevar a cabo las diabluras presentes y futuras.
Foto: Cortesía & © by Martin Kovalik